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Una vez que a nuestras autoridades se les encendió la bombilla y se colocaron el imaginario delantal de chefs de restaurante de lujo otorgándole a la zona de los Van Dyck ese título tan guay de zona de Alto Interés Gastronómico para a continuación decretar una nueva invasión de tropecientas terrazas por la zona, como soñaban los hosteleros de los contornos, habrá que ir observando con detalle qué tal resulta el experimento.

Puede que, en efecto, la idea aunque un tanto forzada y artificial funcione estupendamente y estemos ante uno de esos rentabilísimos e imaginativos negocios, es decir, que la ocurrencia genere muchísima riqueza para los empresarios hosteleros de la zona creando todos esos empleos ya contabilizados de antemano (4 o 5 nuevos puestos de trabajo por cada nueva terraza aseguró el concejal del ramo).

Pero también puede, y Dios no lo quiera, que simplemente se quede como estaba y solo acabe causando esas molestias de las que ya se quejan ciertos vecinos de la zona.

La gente en general, aseguran los que han estado al frente de un negocio de hostelería, es muy suya y caprichosa y acude a los sitios que les apetece sin atender a lo que tenga previsto para ella la autoridad competente y a lo que hayan calculado las cajas registradoras de cualquier tabernilla o restaurante.

Es más, con cierta frecuencia, y ojalá no ocurra en este caso, acostumbra a aborrecer aquellos espacios hacia donde se siente empujada y dirigida como ovejas al redil, especialmente cuando huelen el puro interés con el que son convocados al lugar.

Si la zona declarada en teoría como de Alto Interés Gastronómico se nos queda solamente en la práctica con el título de zona de Alta Densidad Terracil y el público no responde a las expectativas de la ingesta callejera del pincho y el trago en las nuevas y flamantes terrazas de los Van Dyck, una zona reconozcamos que poco afortunada en cuanto a vistas espectaculares, mucho me temo que les habrá salido el tiro por la culata y alguien tendrá que hacerse cargo de todas esas incomodidades que sin embargo la idea ha traído a los vecinos más bien mosqueados de la zona castigados con los ruidos y olores que se le vienen encima, la carencia de los aparcamientos de los que disfrutaban, la estrechez de las calles o la menor fluidez de sus estrechas aceras.

En fin, ya iremos viendo cómo acaba el curioso invento.

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