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Lo he dicho mil veces y me reafirmo: me encanta la política (y por tanto los políticos, si los hubiera), es la base de la democracia y la «salsa» que liga el necesario equilibro social y su funcionamiento. Por ello, elección tras elección llamó siempre a votar, pues es todo cuanto tenemos como ciudadanos, y no es poco. No me valen pues, no deben valernos, los discursos derrotistas de que la política es un nido de víboras. Aunque lo sea, debemos de creer en ella y, lo más importante, debemos de formar a las nuevas generaciones en su importancia, en su necesidad, lo cual no se hace, por ello la política se nutre por regla general de los peores, por ello la política se deshace de los mejores, o a los mejores no se les ocurre acercarse al ruedo político y, si lo hacen, al poco tiempo acaban huyendo despavoridos.

Lo que sí es cierto es que la política ha perdido su esencia y hoy no es más que una jaula de grillos, con poco o nulo interés para el ciudadano, a pesar de lo cual sigo pidiendo megáfono en mano que se acude a votar. Si no votamos, los peores lo celebran, no digamos el populismo, que es sinónimo de totalitarismo.

La presente campaña electoral, municipal y autónoma, es un clarísimo y aburrido ejemplo de deterioro político, pues está siendo un concierto de insultos y propuestas en clave nacional. Parece que no vayamos a elegir, visto lo visto cada día, a quien nos arreglará las calles o a quien tenga que gestionar la Sanidad, Hablamos de los «etarras» en las listas, de entradas de cine, de los fondos europeos y del lucero del alba, pero no escuchamos propuestas que nos afecten directamente en nuestras ciudades, pueblos y regiones. Nadie tiene nada que ofrecer y cuando lo hace suelen ser disparates que no se cumplirán. Lo que no se ha hecho, planteado o proyectado en toda una legislatura, no se puede soltar a la ligera en una campaña electoral que está, además, de cara al votante, pues los mismos políticos se han encargado que el ciudadano esté fuera de la ecuación política salvo para votar y por supuesto para financiar las juergas y las ocurrencias de nuestros «representantes».

Sin duda, tendría que haber mecanismos para proteger tanto a la ciudadanía como la veracidad de los discursos. No es de recibo que la mentira y la idiotez sean parte del funcionamiento de quienes tienen la altísima responsabilidad -no hay otra igual- de gestionar las instituciones o aspiran a ello, manejando miles de millones de millones de euros y, lo más importante, nuestras vidas, nuestro presente y nuestro futuro.

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