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Entre tanto follón, entre tanta mentira, entre tanto corrupto, entre tanto «influencer» como anda suelto, entre tanto y entre todos -y muchísimos más, incluidos los monos de Gibraltar con cargo de ministro- han conseguido que la realidad desaparezca de nuestras vidas.

Cosas al parecer ya banales para el sistema, como la Sanidad, la Educación, el empleo, la Defensa, los servicios públicos o la política Exterior, no aparecen ni en programas, ni en debates, ni en parlamentos. El ciudadano es mero espectador de un «show de Truman» en blanco y negro; incluso peor, somos ya embrutecidos asistentes a un circo romano en el que vemos destripadas nuestras vidas, nuestra nación, nuestros proyectos, nuestra ilusión, nuestro futuro.

Le robo un título al gran Peter Bogdanovich para titular nuestro presente: «La última película». Porque estamos en el último pase, aunque por ahí ande mucho optimista que cree que una mañana nos despertaremos en un campo de tulipanes en flor, dándonos los buenos días, disfrutando de nuestro coche eléctrico de autonomía infinita y creyendo que el socialismo resentido y criminal que encarnan el «zapaterismo» y el «sanchismo» habrán sido simples baches. Un nublado en el fulgor de nuestra Historia. Pues no. Y la razón es bien sencilla, la tenemos delante: entre la época de Felipe González y Aznar, cambio que se dio ante una España hundida en la corrupción marca de la casa, y la actualidad hay un elemento clave que impide toda regeneración. Se llama Internet. O el diablo viaja en chips.

Internet se ha convertido en el gran aliado de los malos y a estas alturas se ha infiltrado tanto en la sociedad, sobre todo entre los jóvenes, que es imposible reconducir la situación.

Olvídense del VIH, del cáncer más agresivo, de las guerras, el peor de los males es Internet y la fe ciega que la sociedad ha puesto en la red, el nuevo opio del pueblo, la biblia de los ociosos. Y el gran enemigo de la realidad, aquella en la que se creaba, se trabajaba, se votaba con convicción y amor a la democracia.

La solidaridad y el bien común estaban en el ambiente y no en una ONG corrupta o que busca odas y vítores para sus jefes, que buscan siempre el foco de la noticia, ya sea en Haití (ya no), en Siria (ya no) o ahora en Gaza con algún premio Nobel de regalo en juego.

Resumiendo: o despertamos o el mundo será «Mad Max».

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