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Opinión

Aguadores

Oficio hoy desaparecido, tuvo su importancia en Salamanca cuando en el siglo XVII lo ejercían 170 individuos

Sábado, 6 de julio 2024, 05:30

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La Real Academia Española define al aguador como persona que tiene por oficio llevar o vender agua.

Oficio hoy desaparecido, tuvo su importancia en Salamanca cuando en el siglo XVII lo ejercían 170 individuos, que se reducen a 25 en 1884, como nos dice Fernando Araujo en su libro «La Reina del Tormes».

Abastecían de agua potable a los vecinos de la ciudad que no tenían cerca una fuente o un pozo en sus viviendas, los citados aguadores, transportándola desde el río o desde los manantiales de la Platina o de la Zagalona (vulgarmente Cagalona), en cántaros de barro, tinajas o barriles sobre carretillos, asnos o burros de carga, en aguaderas o angarillas, de acuerdo con las normas municipales de 1581.

La ordenanza de olleros dio normas para que los envases se ciñeran a determinadas características, cántaros de capacidad de cinco azumbres, (1 azumbre = 2´05 litros) convenientemente sellados con tapaderas de corcho. Más tarde se amenazó con grandes penas a los desaprensivos que tomaban el agua del lugar más cómodo a sus intereses sin pensar en el daño a la salud pública. Tenían la obligación de acudir a sofocar los incendios, por lo demás frecuentes en la época, dado el tipo de construcción de las edificaciones. Tomaban el agua del río Tormes, en zona acotadas por el Ayuntamiento y se exponían a fuertes multas si se extralimitaban.

Se clasificaban los aguadores en: «chirriones», los de cuba, que las cargaban en carros; «azacanes», los de borriquillo, sobre cuyos lomos colocaban una alforja con 4 cántaros; los que hacían el porte a hombros y los de cántaro y vaso. Todos ellos iban provistos de cazo medidor para despachar el agua y en 1619 se fija la tarifa de precios.

En torno a las fuentes públicas se reunían a diario las criadas y las amas de casa en animada charla, mientras esperaban su turno, que podía suponer horas o días, pues en la fuente del Campo de san Francisco llegó a formarse en 1885 una cola de 1.200 cántaros, lo que costó cuatro días de espera a las sufridas vecinas, pues el máximo acopio que se permitía eran 4 cántaros. En 1861 funcionaba la bomba de la noria que daba suministro a esta fuente y ese mismo año cortó el agua del caño el alcalde, Marqués de Villa Alcázar, para evitar que las mozas de cántaro retozaran con los mozos bajo la enramada, desplazándolas al vecino Caño Mamarón, con espacios más abiertos y que existía desde antes de 1794.

Se ve más frecuentada la fuente en 1913 pues el Ayuntamiento, con fecha 22 de agosto, ha publicado un bando del Alcalde accidental don Luis Mayorga Maissonave prohibiendo el consumo del agua del Tormes en bebida o para las necesidades domésticas sin haberla esterilizado, hirviéndola y aireándola convenientemente. La corporación municipal no se ha preocupado de tomar medidas preventivas o alternativas a tan drástica decisión, como podría ser la colaboración de conventos, colegios y casas particulares con aljibes, poner en funcionamiento el pozo-noria de san Lázaro en la Glorieta o rescatar el proyecto de traída de aguas del señor Milla desde la Golpejera.

Ante la escasez de agua referida hubo un avispado empresario salmantino que, se propuso ganar unos buenos reales, comercializando el servicio de agua potable. Compró una fuente, hasta entonces desconocida, la de La Plata, junto a las tapias del cementerio y comenzó a servir el agua mineral natural a domicilio en cántaros, con el precinto «Fuente de La Plata». Utilizaba plataformas tiradas por acémila, con redondeados huecos acolchados para transportar numeroso cántaros, desde sus instalaciones, en un amplio corral de la carretera de Ledesma, en el que despachaba también directamente a los usuarios.

Se trataba de don Emilio Hernández, con relojería abierta en la calle de Toro, 37 y 39. Nada más empezar en agosto, ya vendía 100 cántaros diarios a 25 céntimos, puestos en casa y a 5 céntimos en la propia fuente. Se anuncia la venta del manantial en 1914.

Goya tiene varios dibujos y estampas, siempre con mujeres: «Las mozas de cántaro», «Si quebró el cántaro», «El cántaro roto», «Lástima es que no te ocupes en otra cosa» y el cuadro «La aguadora», en el Museo de Bellas Artes de Budapest.

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