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Fui de los millones de españoles que trasnochaban con el transistor cerca de la almohada para escuchar a José María García. De los que esperaban a las doce para oír aquel «muy buenas noches, saludos cordiales» con el que empezaba. Parece increíble que aquella voz incómoda, que alargaba algunas sílabas hasta la extenuación y eternizaba los silencios, pudiera reunir cada noche a tanta gente a costa de su sueño.

García fue un fenómeno social y periodístico en aquella España, en la que tras la dictadura, sorprendía escuchar a alguien hablar con tanta libertad. Fue un símbolo de aquella radio que contaba, antes que nadie, todos los cambios que llegaron después de décadas de información oficial. Y fue uno de esos adelantados a su tiempo, que fueron incorporando géneros a las ondas, hasta construir un medio de comunicación global.

Con el paso del tiempo tuve la suerte de trabajar en Antena 3 Radio, en Salamanca, después de empezar a estudiar periodismo. Siempre he pensado que aquella fue la mejor escuela que pude tener. Algún día escribiré sobre ello. En aquella cadena había un equipo capaz de todo, con dos grandes referentes: Antonio Herrero y José María García.

El jefe de deportes era un semidiós y sus llegadas a la emisora eran todo un acontecimiento. Aquí tenía al irrepetible Manolo Herrero como su mejor extensión. Recuerdo una de aquellas vueltas ciclistas a España con llegada a Federico Anaya, en las que García venía con todo su despliegue, helicóptero y camión incluidos. En medio de la etapa hubo una caída y salí disparado a la clínica del doctor Garrido. Allí llevaban al ciclista peor parado y en la misma camilla le entrevisté y después le llevé en la unidad móvil al Parador, donde estaba el jefe. Esas eran las cosas que le encantaban a García. Le daba un extraordinario valor a la exclusiva, fuera cual fuese, porque ese era el camino más corto hacia la influencia y el poder, que es lo que buscaba. Recuerdo también la cena posterior con su equipo, también en el Parador, y el programa desde su habitación del hotel. Siempre con un puro encendido, una señal de la cruz antes de empezar y cuatro o cinco notas en un papel, para hacer radio durante una hora y media. García era incapaz de callar una verdad por dañina que fuera.

Le cuento todo esto porque el documental que se acaba de estrenar sobre aquel gigante de la comunicación, me ha traído bastantes recuerdos. Supergarcía alcanzó unas cotas de influencia impensables para un locutor de radio. Quizá fueron desmedidas, como lo era también en parte aquella España. El periodista acabó siendo un poder en sí mismo, en lugar de un contrapoder y eso le apartó de la profesión. La serie refleja sus luces y sus sombras, pero sobre todo deja claro que García hizo historia. De otra forma, no se le recordaría tanto, después décadas sin escuchar su voz.

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