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Agosto consigue aplazar casi todos los males. El calor, el descanso generalizado, el mar, las piscinas, el ocio, las terrazas y las fiestas de los pueblos focalizan la atención y las conversaciones, mientras ejercen como bálsamo para huir de la rutina que vendrá cuando empiece el nuevo curso. La tentación de desconectar es directamente proporcional a la intensidad de lo que nos espera. Aunque en el caso del que les escribe, y de la mayoría de los que nos dedicamos a esto, es prácticamente imposible no sucumbir al pecado de mirar, aunque sea con el rabillo del ojo, todo lo que está pasando.

Septiembre está a la vuelta de la esquina y con él llegarán todas las consecuencias derivadas del guirigay que parieron las urnas el 23 de julio. El mes de la vuelta al cole tendrá que empezar a responder a esa disyuntiva tan repetida este verano, de si habrá gobierno o repetición electoral, aunque a la mayoría le haya entretenido más lo del hijo de Rodolfo Sancho, lo de Mbappé, lo de los pechos de Amaral o la hazaña española en el mundial femenino de fútbol. Más allá de lo que ocurra, aunque lo previsible es que se reedite el acuerdo Frankenstein bautizado con acierto por Rubalcaba, lo más desalentador son las manos en las que ha quedado la gobernabilidad del país. Las dos llaves son el PNV, que podría haber abierto la puerta a la derecha y Junts, que parece que va a ceder la presidencia a esa amalgama de interesados intereses que aglutina la izquierda.

La mirada de reojo que he echado estas semanas, me ha llevado a maravillarme de la vehemencia y la rapidez con la que el PNV ha rechazado cualquier ecuación en la que estuviera Vox. Es sorprendente cómo se diluyen las ideologías y los principios cuando interesa. De repente, es como si nadie se acordara de que los nacionalistas vascos son un partido de derecha tradicionalista que lleva por lema «Dios y ley vieja» y cuyo fundador, Sabino Arana, manejaba sin rubor ideas racistas, xenófobas o machistas.

Y al otro lado tenemos a ese engendro desfigurado llamado Junts per Catalunya que tiene por adalid a un prófugo, que ha sido incapaz de asumir las consecuencias de sus decisiones. Tampoco hoy nadie parece recordar que el clavo ardiendo de la izquierda fue no hace tanto, el plácido rincón de la burguesía catalana hasta que los sucesores de Pujol, para tapar la corrupción, olvidaron el principio de que el nacionalismo es un negocio y la independencia es una ruina. Ellos son ahora las llaves de la gobernabilidad de España. Son las secuelas del 23 de julio que tendremos que empezar a asumir a la vuelta del verano. Ellos tienen la capacidad de abrir la puerta a un lado o al otro. Otra cosa será lo que haya detrás y no parece que sea nada bueno.

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