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Y llegó el helicóptero de la Guardia Civil campaneando el cielo del Centro Comercial El Tormes y se desató una locura de niñas y niños de todo tallaje que me llevó a pensar que en las nuevas generaciones no hay que dar todo por perdido.

La conmemoración del Día de las Fuerzas Armadas fue el motivo de organizar una jornada de puertas abiertas para dar a conocer las actividades y el importantísimo papel que tienen en la sociedad los hombres y mujeres que nos protegen. Hombres y mujeres que esperaron, sin temor al sol y sin perder la sonrisa, a los casi 20.000 visitantes que participaron de la celebración.

La Cultura de Defensa debería ser asignatura obligatoria en los colegios. De esta manera se evitaría ese mirar con indiferencia, cuando no con rechazo, a los profesionales que están siempre ahí, en la sombra de los peligros o en las horas negras de las situaciones adversas. Pero, admitámoslo, como en tantas otras cosas nos hemos ido dejando llevar por movimientos equívocos cuya única pretensión era aborregarnos el juicio y perder el contacto con el mundo real. De ahí que se hayan ido arrinconando a determinados sectores y cuestionando con gran ignorancia su oficio, como si fuéramos capaces de sobrevivir sin los Ejércitos y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, en estos tiempos que tan lejos están de parecerse al paraíso o a la Arcadia feliz.

Estoy pensando en esto, cuando un jovencito Down me da su móvil para que le fotografíe al volante de un camión del Ejército de Tierra. Está decidido a salir a proteger el mundo de los malos, me dice mientras ensaya muy serio la pose. Luego me cuenta que él vio a estos hombres cuando la pandemia del Covid, desde la ventana de su cuarto, desinfectando calles y llevando a las casas bolsas con alimentos. Resulta un poco triste que necesitáramos una situación tan excepcional y de emergencia para darnos cuenta de que, además de los sanitarios, los militares iban a estar ahí para ayudarnos a salvar el pellejo. Pero nunca nada nos reprocharán. El sentido del deber, la lealtad, la disciplina, la discreción, el compañerismo, el sacrificio, el honor… son valores invulnerables que ponen al servicio público, sin exclusión social o ideológica, en interés de la defensa y la seguridad de todos los ciudadanos. Pensémoslo: la libertad individual no es posible si no está garantizada la libertad colectiva. Así que ya va siendo hora de sacudirse prejuicios trasnochados y de decidirse a hablar abiertamente de ellos, de los que realmente nos protegen. No queramos ser más papistas que el Papa y acordarnos de santa Bárbara sólo cuando truena.

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