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Salamanca no necesita photoshop para publicitar sus encantos, pero sí invertir urgentemente en comunicaciones. Aunque en las entendederas de todos los ministros que se han ido sucediendo en la cartera del ramo, no parezca que este asunto les haya ocupado o preocupado por demás. Ya he perdido la cuenta del número de comicios donde la promesa del tren se hacía firme propuesta electoral. En la boca de los de todo signo -seamos sinceros- un chacachá y un pí-pí-pí que nunca llegaron al andén. Lo que importaba era ponerle parodia al sueño del viaje y pitar con pasión para echarle el guante al voto, y, luego, dejar a la hermosa Salamanca olvidada en sus orillas de sosiego y altos sotos de torres. Todo lo conseguido fueron unas pocas máquinas que alcanzaban a llegar a la ciudad desde Madrid en hora y media larga: ¡eureka! Aunque no tardaríamos en ver cómo se reducían las frecuencias y cómo aquellos trastos viejos con los que nos engatusaron, a la menor se encasquillaban y los pasajeros tenían que cambiar de convoy con la maleta a rastras por las vías: ¡maldición! Una estampa tercermundista y denigrante que Salamanca no se merece.

A la ciudad charra lo peor que le ha podido pasar para solucionar sus problemas de conexión ferroviaria es tener como ministro de Transportes a Óscar Puente: un exalcalde de Valladolid, de signo político contrario a nuestro gobierno municipal y provincial, y, además, perro fiel de Pedro Sánchez (y mártir). Por cierto, hoy, día de su onomástica, se espera que salga de la hura para hacer saber a su pueblo si se va o se queda. Decida lo que decida, los salmantinos seguiremos exigiendo salir de la incomunicación. Estamos en el vagón de cola de las ciudades de España y esto merma cualquier posibilidad de desarrollo y progreso. Es como de chiste que al titular de Transportes haya que mandarle cartas masivas desde el consistorio y las instituciones, por ver si se le ablanda el corazón y da el brazo a torcer. Pero a Puente le va la marcha y que le unten generosamente de manteca antes de salir en comparecencia. ¡Pronto aprendió don Óscar a ejercer de tribuno del César! ¡Pronto pudo verse Salamanca de nuevo como nombre casi maldito en el que podría llamarse «Ministerio del tren»! Una ciudad tan universitaria y bonita no puede sentirse tan lejos y aislada por las decisiones de políticos sectarios. Al poder se accede con el arbitraje de las urnas, sí. Pero una vez jurado el cargo, toda responsabilidad debería estar en mirar a toda España con los mismos ojos y gobernar con equidad. Tal vez así podamos seguir creyendo que merece la pena vivir en democracia.

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