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Que sí, que ya sé que ya hemos entrado en verano, pero verás, no sé tú pero a mí la primavera siempre me trae a la cabeza las flores. Y justo eso, flores, es lo que estoy viendo ahora al pasear por Salamanca. Y me encantan.

Mira, el otro día volvía a mi casa de desayunar con un amigo y pasaba por la plaza de Gabriel y Galán, iba yo pensando en mis cosas, en mis mundos de Yupi, con los cascos puestos y aislado del mundo. Por cierto, si alguna vez me ves por la calle párame tú, yo no me entero de nada.

Pues eso, que iba yo a mi bola y, de repente, pensé, oye hay algo que huele muy bien. Porque el olfato es uno de los sentidos que más nos impactan, recordamos el olor de los seres queridos, nos ponemos de buen humor cuando olemos a pan recién horneado, hay olores que nos recuerdan a lugares, a momentos, a historias.

Los olores tienen línea directa con nuestra memoria y nuestro corazón.

Y olía bien, pero muy bien eh, y yo empecé a buscar de dónde venía ese olor y ¿sabes? Era de los centros de flores que había instalados en esa plaza. Petunias, creo, pero eso es lo de menos.

¿Las flores eran bonitas? Sí, claro, pero a mí me llamó la atención el olor.

Reconozco que cuando empecé a leer el plan del Ayuntamiento hace unos años de aumentar el número de plantas, de centros de flores, de jardines verticales por la ciudad pensé… ¿para qué?

Porque en mi cabeza estaba que Salamanca ya era suficientemente bonita, el reflejo dorado de nuestra piedra de Villamayor ya podía, de lejos, enamorar y acariciar la vista de todos los que se toman un rato para mirar y admirar.

Tenemos el estigma, los castellanos, de ser de carácter fuerte, recio, cerrado, como nuestras construcciones, nuestros gruesos muros, nuestras calles adoquinadas y las rejas de nuestras ventanas.

Cabría pensar que las flores no encajaban, no tenían sentido, no eran la mejor opción para decorar nuestra ciudad.

Pero verás, cuando vas a comer una chuleta, las patatas fritas no son lo más importante, pero no molestan y, sin duda, suman. O una ensalada, claro, cada uno lo que le apetezca.

¿Me entiendes verdad?

Además, los que vivimos aquí necesitamos nuevos estímulos, detalles que nos llamen la atención, que nos hagan salir de nuestro mundo para pararnos y disfrutar de nuestra ciudad. Yo me paré, me quité los cascos y disfruté de ese olor tan agradable que me prestaban las flores.

Te recomiendo que tú también te pares a oler. De nada.

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