28 septiembre 2021
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Eugenia de Montijo

26 jul 2021 / 03:00 H.

    Qué bien se está de vacaciones. En la playa, en el pueblo o de turisteo. Esos días en los que lo que más estrés te produce es pensar lo que vas a comer. En los que rompes la rutina, tan dichosa como necesaria, para disfrutar simplemente de cosas contemplativas y dedicarte a ti y a los tuyos. Y el gustazo que da sentirnos señoritos y señoritas de bien durante unos días, que nos atiendan o irnos de camping, o a un hotel, y creernos Eugenia de Montijo en Biarritz.

    Sin embargo, hay unos pocos que sostienen todos esos hilos vacacionales. Unos seres invisibles, que ocasionalmente pasan desapercibidos, a los que se le unen una buena parte de la población que vemos muy lejanos los deseos aristócratas del estío de Eugenia de Montijo. Pero vosotros y vosotras sois realmente quienes mantenéis el sistema. Tú, que ahora mismo estás leyendo esto en la barra del bar durante el café. El personal sanitario que se queda de urgencias. La jubilada cuya pensión no le da para tener un chalé en Torremolinos. El camarero que con contrato precario te atiende en la playa. La que te hace la cama y te cambia las toallas del hotel. Las de los comercios rurales en los que agosto es la razón por la que siguen abiertos. El barrendero de tu calle. Aquellas que se dedican día a día a cuidar de los mayores en las residencias y fuera de ellas. Y todos los demás que me dejo por el camino. Silenciosos, invisibles, pero ahí están. Día a día.

    Y es que, asumámoslo, no todo el mundo se va de vacaciones. Habrá quien no tenga la oportunidad, aun teniendo legalmente esos días. Y de no ser así, les animo a contactar con el Ministerio de Trabajo, que parece que Yolanda Díaz es la primera ministra que realmente se preocupa por los trabajadores. También estará quien simplemente no le interese viajar a Tailandia o a Cancún dejándose un sueldo en una semana. Algo muy lícito, aunque entre los jóvenes parezca que no. O hay quien simplemente prefiere gastar sus días en irse al pueblo, reencontrarse con aquellos que en verano están allí, ver a su familia y disfrutar de ese oasis que suele proporcionar la vida rural en pequeñas dosis para los forasteros.

    No sé qué creerá el lector, pero desde la aparición de las redes sociales, las vacaciones de los demás se me suelen hacer bola. Leía el otro día un comentario sobre los resultados de un estudio de la Universidad de Cambridge sobre la influencia de las redes en la salud mental de los jóvenes. Sobre las vacaciones en concreto, el estudio señalaba que el 89% de los entrevistados sentía la necesidad de compartir sus vacaciones en redes sociales. Pero ahí no está lo más preocupante. El 83% afirmaba sentir ansiedad al ver las publicaciones de los demás. Es decir, genera ansiedad que te estés en tu puesto de trabajo viendo las stories de Instagram de esa gente que al llegar el verano parecen Froilán y Victoria Federica. Confieso que a mí el primero. Pero no acaba aquí la cosa. El 98% afirmaba estar más atento a poder compartirlo por las redes que a disfrutar del momento. Nada nuevo. Un servidor ha advertido hace ya tiempo cómo han cambiado las prioridades a la hora de elegir destino: ahora lo que más importa es la calidad de las fotos que te puedas hacer allí. Cosa que, ojo, también ocurre en los lugares de residencia. ¿Que empiezan a difundirse fotos estéticas desde un ángulo concreto del Puente Romano? En una semana tendré el Instagram lleno de fotos similares. Aunque esto no es solo cosa de los jóvenes. ¿Que ponen unas estatuas en la Plaza Mayor? Pues cuando paso por allí foto al canto y la mando por el grupo de amigas de “Esclavas del 78”. Aunque todas lo hayan visto ya.

    En la época de los influencers, hemos convertido nuestras vacaciones en un escaparate a los demás. Nos preocupamos por el impacto que pueda causar en los otros, no en lo que nos está transmitiendo. Como si tuvieses que enseñarle a los demás que tú te puedes ir de vacaciones. Como si fueses Eugenia de Montijo abandonando la aburrida vida cortesana. Y a ti, que sigues ahí, Eugenia te parecerá una pija sin oficio. Supongo que será la paradoja de la clase obrera: queremos aspirar a lo que hacen los más pudientes y copiar sus patrones. No seamos ingenuos, cada uno con lo nuestro. Así que un saludo especial para ti, que no vas a tener las vacaciones deseadas. Recuerda que somos mayoría.

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