24 agosto 2019
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En mi barrio o en el tuyo

13 may 2019 / 03:00 H.
Roberto Zamarbide
Patio de luces

El lío que se ha preparado en el barrio de la Prosperidad ante los planes de Proyecto Hombre de poner en marcha un centro en el convento de las Bernardas ha reabierto con el enésimo capítulo un viejo debate ciudadano muy propio del primer mundo en el que pretendemos militar: el ocasional conflicto que se plantea entre la seguridad ciudadana y el objetivo de la integración social. Un asunto delicado.

Ni es la primera vez que una comunidad se pone en guardia por una cuestión similar ni será la última. He recordado estos días un follón semejante que me tocó vivir de cerca en la ciudad. Era la primavera de 1990. Gobernaban en coalición PP y CDS, que habían impulsado la aprobación de unas contribuciones especiales para financiar proyectos de inversión urgentes. Aquella Salamanca aún no había terminado de urbanizarse, contaba con barrios tercermundistas necesitados de saneamiento, carentes de vivienda en condiciones dignas y de servicios propios de una capital. La medida fue lógicamente recibida con rechazo por el influyente movimiento vecinal de la época. Aquella Coordinadora de Vecinos logró negociar con el Ayuntamiento un acuerdo por el que los afectados podrían aplazar su pago en función de su nivel de renta y el uso que le dieran a su vivienda. Cuando año y medio después del acuerdo tocó apoquinar a la zona antigua de un popular barrio de la capital, un grupo de vecinos que ignoraban el citado consenso puso el grito en el cielo y organizó varias asambleas para defenderse de esa contribución “injusta” . El colectivo se vino arriba y, ya convertido en asociación alternativa a la que ya existía en el barrio, alertó sobre la anunciada apertura en la zona por parte de Cruz Roja de un centro pre-ocupacional para chicos con fracaso escolar. Temían que aumentara la inseguridad en el barrio. “Ya hay centros suficientes”, sostenían en público. “Aumentará la droga y la delincuencia”, apuntaban en privado. Las insistentes explicaciones de los promotores del centro eran recibidas con desconfianza y prejuicios que no se mitigaron en los meses siguientes, cuando el centro inició su labor con toda normalidad. Pero la evidencia termino por imponerse y los nubarrones se diluyeron como cielo de primavera. Las contribuciones se pagaron en función de lo acordado y la nueva asociación de Vidal no duró mucho.

Los defensores del orden y paladines de la seguridad ciudadana que en el barrio de la “Prospe” piden que viva el centro de Proyecto Hombre, sí, pero que viva bien lejos, desean sin duda lo mejor para su barrio. No lo dudo. Pero en las posturas alarmistas que están trascendiendo de las reuniones celebradas, empezando por el tono de los panfletos de convocatoria --“el centro solo nos puede traer problemas ya que es un barrio con mucha gente joven”- veo sombras la inspiración del muro de Trump, que quiere tener lejos a esos inmigrantes que traen delincuencia. Y también un aroma a antiguo guetto racial de otra época. Y ojo, probablemente sucedería igual en Garrido, Huerta Otea, el barrio del Oeste o cualquier otra zona. Nos preocupa que nuestros hijos se crucen en la calle con un adicto bajo tratamiento y supervisión profesional pero no nos ponemos en guardia de la misma manera por los botellones del fin de semana o por esas casas de apuestas que proliferan por todas partes y que atraen a nuevos adictos desde locales callejeros hasta nuestros smartphones.

No se puede hacer una tortilla sin cascar antes los huevos. Y tampoco hacer pan sin mancharse de harina. Si nuestra comunidad no quiere abandonar a su suerte a quienes se quedan al margen, tendremos que plantearnos qué sociedad queremos que hereden nuestros hijos: la de la valentía y la generosidad de quien tiende la mano al caído o la del sectarismo egoísta que prefiere ignorar al débil y esconderlo donde no desluzca la escena.