23 mayo 2022
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En este bosque de piedra

11 dic 2021 / 03:00 H.

    LEÍMOS ayer en primera que “Urge retirar los escombros de Carvajal”. Cayeron con estrépito, queriendo invadir estancias de la Residencia “Aula Rector”, cuya directora asume serenamente la adversidad. Se derrumbaron imponentes piedras sillares del muro ciclópeo de la fundación “Niños de Coro y Carvajal”, de donde fue profesor aquel Magistral que tenía poco de Cándido y mucho de Verdejo (y alumno, el albense Pepito Yáñez, con el tiempo alcalde). Pepe Ledesma se asustó, porque Mayoral lo esculpió y sentó mirando al callejón y los bloques de piedra, derramándose como lava volcánica pétrea, se detuvieron poco antes de arrugar su capa de bronce.

    Somos una ciudad que calza en piedra franca, esa de Villamayor que Ortega dijo que se tornaba bermeja no por los rayos del sol, sino avergonzada por los dislates de Unamuno. Don Miguel, que en “Mi Salamanca” exaltó como nadie el alto soto de torres, nuestro bosque de piedras, la piedra de oro, al pie de cuyos sillares duerme el sosiego, y cuya alma de piedra pregonaría su eternidad. Nuestra arenisca, que se extrae tierna, como mantequilla con un cuchillo caliente, sobre la que trabajan blandamente los “plateros”, y que ya seca, adquiere toda su dureza. Pero claro, si un muro de sillería soporta filtraciones y se empapa...

    Se desplomó mucha piedra. En la Catedral vieja, solo cayó antaño una pieza, ¡de más de seis arrobas!, que está allí colgada. La leyenda cuenta que se detuvo en el aire para no descalabrar a algunos operarios, supuesto milagro del paredaño Cristo de las Batallas. Como reza el poemita de San Boal, “Piedras que a Dios templo dan”.

    Mi afición poética me lleva hasta el pequeño guijarro salido de la honda de David, que aquí tuvo su imitador en el muchacho protagonista del poema de Gabriel y Galán “La pedrada”. Y esos honderos me fuerzan a releer el “Como tú...”, de León Felipe, que se comparaba con una piedra, pequeña, ligera, “tal vez hecha solo para una honda”. Se humilló escribiendo “Como tú, que no has servido/ para ser ni piedra/ de una lonja/ ni piedra de una audiencia, / ni piedra de un palacio, / ni piedra de una iglesia”.

    La más grata de mis relecturas es Bécquer, cuando finaliza la Rima LXVI, en que se pregunta ¿dónde voy?, “En donde esté una piedra solitaria/ sin inscripción alguna, / donde habite el olvido, / allí estará mi tumba”. Fue tan hermoso su hallazgo, que inspiró a Luis Cernuda un poemario y un bellísimo, dolorido verso, titulado precisamente “Donde habite el olvido”, del que espigo: “En los vastos jardines sin aurora/ donde yo solo sea memoria de una piedra/ sepultada entre ortigas, / sobre la cual el viento escapa a sus insomnios... donde el deseo no exista...donde penas y dichas no sean más que nombres.../. Allá, allá lejos, /donde habite el olvido”.

    Los jóvenes podrán advertirme ¡no se olvide usted de Joaquín Sabina! El excelente poeta compuso una canción con el mismo título de Bécquer y Cernuda, que canta con enorme personalidad. Nada que ver con piedras catedralicias o guijarros de hondero. Es la historia - ¿cómo no? -, de un encuentro furtivo. “El día que llegó/ tenía ojeras malvas/ y barro en el tacón...” A la cruda luz del alba “era la hora de huir/ y se fue sin decir/ llámame un día...y la vida siguió/ como siguen las cosas que no/ tienen mucho sentido. / Una vez me contó/ un amigo común, que la vio/ donde habita el olvido”.

    En la entrada por San Pablo de la Residencia dañada, está labrado - en latín -, el famoso díptico: “La ira engendra odio, y de la concordia se nutre el amor”. ¡Ay, Adolfo, que yaces bajo la inscripción “La concordia fue posible”! Lo fue en el 78, pero la hemos tornado en discordia. En fin... menos da una piedra.

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