17 agosto 2022
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El yerro del entendido

05 feb 2022 / 03:00 H.

    EL señor Casero (PP) padeció ayer un error votando a favor del PSOE, lo que supuso la aprobación de la reforma o reformita laboral. “¡Alguien la ha liado parda!”, se oyó en el hemiciclo; “¡Traición!”, gritaron otros, al comprobar que los dos diputados de Unión del Pueblo Navarro habían votado en contra de lo previsto (la misma expresión empleó Fernando Trocóniz un lejano día en nuestra Diputación, mientras se elegía presidente, y salió la segunda papeleta con el nombre de Pepe Dávila). En mi pueblo dirían ¡menuda derricia! Alberto Casero pasará a la historia cómo el diputado cuyo fatídico error salvó los muebles al miserable gobierno social-comunista.

    Casero es un culiparlante, un desconocido diputado extremeño, de no sé cuanta sal en la mollera, ni si huele a ajo, pero su fisonomía cuadra con la de Sancho Panza. Hasta ayer iba a Madrid “sobre su jumento, como un patriarca”, por 70.000 machacantes. Su cara recuerda la del escudero, un pan de dos kilos, con dos generosos mofletes, un buen hocico y una soberbia papada, supongo que de tocino extremeño. Hoy lo conoce toda España por su yerro. Este castúo legítimo fue alcalde de Trujillo, es patrocinado por Egea, el “lanza pipos”, y hoy es el desdichado que evitó la primera derrota del sanchismo. Se puede meter la pata, introducirla hasta los corvejones, pero coño, en temas de menor trascendencia, sobre todo cuando la maquinita te dice lo que has votado, para que te reafirmes o adviertas el yerro. En cierta ocasión, el presidente del Congreso tuvo que advertir al ministro socialista de Economía : “Perdone, señor Boyer, pero creo que su aparato no funciona” (En el diario de sesiones figurará “risas”). Esa pregunta podía referirse al aparato socialista de la calle Ferraz, pero los congresistas se fueron al aparato genital, que a don Miguel debía funcionarle como un reloj (se había juntado y habido descendencia con doña Isabel Preysler, coleccionista de aparatos).

    Lo sucedido al señor Casero no es una errata, es un error y no pequeño (“el que la yerra en casar, ya no le queda en qué errar”). Son conocidos casos anteriores, como el de Rosa Díez votando en contra de la reforma de la ley electoral que ella patrocinaba; Rajoy votó en contra de sus presupuestos (Pablo Iglesias lo hizo, hasta dos veces, a favor de ellos); y Pedro Sánchez apoyó la ley del aborto del PP. Sucede que no eran votos decisivos como el de Alberto Casero, al que supongo encerrado en Guadalupe, porque su desvarío es de proporciones bíblicas.

    La que no se equivocó fue la señora Batet, esa especie de menina rubia, y sectaria hasta decir basta. No hizo ni puñetero caso, antes de someterlo a votación, a Casero, Gamarra, Ana Pastor y Adolfo Suárez (estos dos últimos miembros de la mesa de la Cámara). Ya nos contarán si el señor Casero tenía fiebre alta (los diputados deben justificar por qué no acuden a votar presencialmente); se había tomado unas copas de más, o simplemente se despistó. Batet dispuso que adelante con los faroles, y después de haberse votado, no solo trató despectivamente a la portavoz popular que reclamaba, sino que se atribuyó ¡ella solita! la condición plural de “Mesa”, (a la que por supuesto no reunió), para justificar el rechazo a la protesta. Esa apropiación indebida debía bastar para arrojarla de su trono a un simple escaño. Pero creo que es oportuno recordar que Batet suele hacer lo que le viene en gana, como demostró en 2013, rompiendo la disciplina de voto del Grupo Socialista, y apoyando iniciativas de nacionalistas catalanes (CiU y otros), para permitir ¡la realización del imposible referéndum de independencia de Cataluña! Entonces, ¿qué le vamos a pedir a esta arrogante separatista?

    Señor, que difícil nos ponen el respeto a los diputados y, lo que es peor, al Parlamento.

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