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Dubái es uno de esos reinos de los excesos agrupados en los Emiratos Árabes Unidos. Otro de esos “países inventados”, como dijo Luis Aragonés cuando visitó Catar. El emirato es un artificio construido en un puñado de años. Un conglomerado de demostraciones de poder levantadas sobre el desierto, a base del oro y los dólares del petróleo.

Dubái es lo contrario a Salamanca. Esta ciudad asienta su riqueza en su historia, en su cultura y en un patrimonio que, afortunadamente no se puede comprar. Y sus gentes son sobrias, serias y austeras. Aquí no se regatea, porque basta con un apretón de manos para cerrar un trato, y se huye de la pompa o el exhibicionismo con el dinero. Por eso chirria tanto, el dichoso entrecomillado que lleva 15 días ocupando titulares. Lo del “Dubái salmantino” es un contrasentido en sí mismo, que produce rechazo con solo escucharlo.

Llevamos ya muchos días asistiendo a ese triste espectáculo llamado “Peace City World” y aún me asalta una duda. ¿Qué buscaban de verdad esos supuestos jeques en esta ciudad? ¿Qué ganaban ellos invirtiendo 15.000 millones de euros en un desarrollo, que no han detallado y que pretendían culminar con un chabacano telesilla? ¿Qué rédito sacaron del teatro montado en el Palacio de Congresos? ¿Qué les habían prometido a cambio de que fijaran sus “kufiyyas” en este lugar tan lejano de Oriente?

La verdadera respuesta quizá la sepa, o tampoco, el concejal de turismo Fernando Castaño, al que la política le ha pasado como una apisonadora por encima del cargo. Seguramente cuando aceptó su delegación, no imaginaba que una cartera tan amable, podría llevarle a vivir una experiencia tan desagradable. Pero es lo que tiene convertirse en un cargo público. Tiene muchos sabores y el sinsabor de tener que salir a dar cuentas por tus errores.

Nadie duda de su buena voluntad y de su intención de atraer dinero. Pero en el caso de los jeques es difícil creer en el amor a primera vista. Sea como fuere, entre las obligaciones de un concejal de turismo que mezcla el nombre de su ciudad con un proyecto, está la de comprobar su viabilidad y la honorabilidad de las personas que lo representan. Y en este caso, bastó con la comprobación de una tarjeta de visita y dos o tres llamadas a las supuestas empresas colaboradoras, para inundarlo todo de dudas. Era una tarde de teléfono, no más, para darse cuenta de que sobraban promesas y faltaban certezas. No era ni mucho tiempo, ni demasiado esfuerzo para haber evitado esa pregunta que hoy le persigue y que se hacen muchos salmantinos... Dubái, ¿qué?

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