16 septiembre 2019
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Dios salve a la Reina

28 mar 2019 / 03:00 H.
Jairo Junciel
LA NAVAJA DE HANLON

Nuestras vidas no van a cambiar porque los British se den de baja en el club europeo. Nadie de esta ciudad lo va a notar; nuestro sector turístico, al igual que el universitario, puede estar tranquilo. Los británicos no van a dejar de venir porque estén fuera de las instituciones europeas: de toda la vida han existido los pasaportes y las suecas ya venían a nuestra tierra antes de que a ningún teutón imperialista añorante del Anschluss se le ocurriera la peregrina idea de desposeer a los Estados de su soberanía con una pretendida pero fallida unión. Quienes quizás sí lo tendrán más difícil serán nuestros jóvenes cuando emigren a esas islas en busca de trabajo. Pero esto tampoco será algo nuevo, y si no que se lo digan a nuestros mayores, que se fueron a hacer “las Suizas” en plena dictadura.

Como decía nuestro insigne Blas de Lezo: «Todo español de bien ha de mear siempre mirando a Inglaterra» y es que no existe nación en el mundo que tanto daño haya hecho a nuestro país como la pérfida Albión. A excepción, y con mucha holgura, de los propios españoles. Somos el enemigo que más y mejor daño ha hecho a España. Napoleón, Bismarck o Joaquín Bartrina nos calaron, pero —inter nos— el que lo bordó fue Antonio Machado cuando dijo aquello de que «en España de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa». Los hijos de la Gran Bretaña siempre han estado a la gresca con nosotros: Rande, Gibraltar, Trafalgar, Cartagena de Indias, las «paellas» (¡?) de Jaimito Oliver... Son tantas y tan gordas las que nos han metido que tendríamos que facilitarles el acceso a nuestros balcones.

La cuestión del brexit se reduce, como siempre, a lo básico: la pasta. Me duele reconocerlo, pero detrás de toda la bellaquería histórica que los ingleses se han gastado con nosotros existen grandes mentes tácticas. Cuando se formuló la Unión Europea ellos no renunciaron a su amada libra, porque la soberanía de una nación, su principal arma, reside en su moneda: un país dueño de su moneda puede decidir su futuro y no encontrarse al albur de rapieros. Asimismo, una unión europea exige el sometimiento a tratados y acuerdos. Tratados que quizás te obliguen a aceptar cuotas de inmigrantes que no deseas en tu país o condiciones para tus agricultores, ganaderos y pescadores que limiten sus producciones. No, los ingleses no son bobos, conocen el terreno que pisan y saben jugar sus cartas. Son conscientes de su peso en la economía europea y mundial y se saben capaces de estirar la cuerda hasta lograr salirse con la suya. Que nadie dude de que lo lograrán y que de esta van a salir más fuertes y beneficiados, que para eso cantan lo de «Britons never, never, never will be slaves».