30 octubre 2020
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Delibes perdurable

    Era un bicho raro, al menos infrecuente. Cristiano viejo pero que abominó de los autos de fe (“El hereje”); monógamo fiel, a cascaporro, (él llamaba a Ángeles “mi equilibrio”), novia, esposa, única mujer en su vida (“Señora de rojo sobre fondo gris”); su “credo”, consistente en “revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y restablecer las relaciones hombre-naturaleza en un plano de concordia” (y del hombre con las bestias, como el profeta Isaías hablando de un monte donde bajen a beber juntos el lobo y la oveja); sus éxitos literarios, desde “Mi idolatrado hijo Sisi”, que a cualquiera envanecerían, no lograron hacer de aquel castellano sobrio un engreído, ni cambiar de amigos, ni de bicicleta, ni de gorra, ni de ciudad; en Valladolid, sorteando las tijeras de la censura, y en lo que llamó “postrada Castilla”, permaneció desoyendo los cantos de sirena de Madrid; que inició su discurso de ingreso en la Real Academia advirtiendo que su frac era más bien un disfraz, que él era poco académico, y que -siendo recibido en el templo de la palabra-, cometía errores gramaticales (aludiendo a sus leismos y laismos); autor que -a diferencia de quienes hacen de ventrilocuos-, deja hablar a sus personajes, de un realismo extraordinario, y con su propio lenguaje o léxico, de suerte que cuando una empleada del hogar dialoga con otra (“La hoja roja”), añade al final ese “maja” que todos hemos escuchado; y cuando un inocente como Azarías acaricia a una grajilla, le dice enternecido, como una plegaria, “¡milana bonita!” (él confesó que el lenguaje no era suyo, “es del pueblo, lo tomo prestado”). En fin, un hombre cabal -en Salamanca diríamos lígrimo-, auténtico, que cercana su muerte, cuando se le había ya “saltado la cuerda, como a los coches de los niños”, reconoció: “He sido fiel a un periódico, una novia, unos amigos, a mi pasión por la caza. Lo mismo que hacía de chico lo he hecho de mayor, con mayor perfeccionamiento, con mayor sensibilidad, con mayor mala leche...”.

    Miguel Delibes, que hoy empezará a pasear en bronce por el centro de Valladolid, porque allí nació hace exactamente cien años, nos ha dejado una obra que un periodista y académico tan sólido como Ansón, elige para unirla a las de Cervantes y Galdós, sus tres mejores novelistas. Uno no se atreve a discrepar del maestro, aunque uniría algunos nombres más, entre ellos Unamuno (que, además, no se limitó a novelar). Confieso que Delibes es de los autores que más releo, a una edad en que la relectura suele ser más gratificante que cualquier novedad premiada y muy vendida. De su producción resulta curioso que cada crítico señala como “la mejor”, obras distintas, con lo que atesora más de una docena de obras calificadas por los expertos de maestras.

    El columnista opina -si me permiten la imagen venatoria-, que Delibes abatió todas las piezas sobre las que apuntó. Logró una obra para los siglos futuros, de cada tema que eligió. Ninguna se fue a criar, como una perdiz fallada. Cuestión distinta es que los lectores, imiten a Paco “el bajo” -qué gran interpretación de Alfredo Landa en “Los santos Inocentes”-, olfateando la pieza herida para cobrarla, deleitarse con su creación más sugestiva. Uno se queda con “El camino”, que en estos momentos me consta que está leyendo un amigo culto, octogenario, y una niña, por recomendación -afortunadísima-, de su maestro. Delibes decía que cuando fue publicada, algunos le tacharon de reaccionario, porque su entrañable Daniel “El mochuelo”, se niega a integrarse en el rebaño de la gran ciudad (como su creador renunciando al oropel madrileño). Y si tuviera que elegir un personaje, y ¡mira que es difícil!, con el inocente Azarías, tocado con la pequeña boina curtida por el saín, la caspa, los sudores; su dentadura mellada; las manos agrietadas y curtidas del orín; su viejo traje de pana con remiendos, corriendo el cárabo por el monte, donde su cuñado le lleva cada noche a tirar los pantalones -a echar el ñordo-, ...y su encarnación en un maduro, fabuloso Paco Rabal.

    Delibes, entre sus doctorados Honoris Causa, poseía el de nuestra Universidad. Curiosamente no le apadrinó ningún humanista o catedrático de literatura, sino un zoólogo, porque Delibes tenía vocación de naturalista, por no decir de ornitólogo. Solo en “Los Santos Inocentes” entran en juego una grajilla (la milana), el búho real, el cárabo, los palomos ciegos de reclamo, las palomas a bajar, y las perdices a ojeo. En homenaje al maestro, a la noche, confinado en la dehesa, permaneceré en el porche hasta que oiga el ulular lastimero del cárabo de la encina hueca.

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