30 marzo 2020
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De puertas para adentro

23 mar 2020 / 03:00 H.
Manuel Muiños
Renglones torcidos

No puede ser de otra manera, no hay lugar para la picaresca, este momento que desgraciadamente nos toca vivir, ha de ser en casa y si es posible con calor de hogar. Sin comerlo ni beberlo nos vemos confinados entre cuatro paredes. Así de entrada suena duro, y como para quejarse vale cualquiera y se nos da muy bien, para qué callarnos. Otros optan por la victimización, algunos rozan o incluso tocan la histeria. La mayoría nos quedamos entre la incertidumbre, la desconfianza, el temor o el miedo, tratando de superar los pensamientos irracionales y gestionar los sentimientos de la mejor manera posible, no queda otra. Sea como sea, todo de puertas para adentro. Agradeciendo algún WhatsApp y despreciando toda aquella información que lleva a la confusión y el engaño, que de todo hay en la viña del Señor. A veces, a pesar del encierro en el que estamos, creo que hay sobrecarga en la red.

La verdad que da mucho de sí esto de perderse por casa. Para muchos es un buen momento y recuperan atrasos en cuanto a relaciones familiares. No solo se mide la temperatura corporal, también se toma la temperatura del corazón y de las relaciones humanas. Desgraciadamente en algunos casos la temperatura sube tanto que a veces todo explota por los aires. Tú y yo probablemente nos sentiremos mal por momentos, pero al volver la vista o más bien el recuerdo hacia personas, familias y situaciones que conocemos, no nos queda más remedio que darnos con un canto en los dientes.

No es hora de ponernos estupendos, que diría don Ramón María del Valle-Inclán. No está el horno para bollos, ya vendrán tiempos distintos. Hemos de vivir el aquí y el ahora con objetivos para el día a día. Pensar a quince días de plazo puede cargarnos más de lo debido y de manera innecesaria. A mí me apetece más poner un poco de cordura y de esperanza. Analizar lo más objetivamente posible los acontecimientos y los datos, los que nos dan. Para tomar conciencia de la necesidad de echar el freno, de vivir temporalmente de puertas para adentro. Tratando así de bajar la dichosa curva y allanar esa montaña de dolor, incertidumbre, angustia, tristeza, dolor... y muerte.

Me quedo con la solidaridad de quienes se acuerdan de los que estamos en circunstancias más complejas. Me quedo con quienes más allá de las etiquetas, e independientemente de la edad o de la situación del prójimo, tratan de tenderle la mano. Gracias porque algunos no se olvidan de que el tercer sector existe, a pesar de que no podamos salir de nuestros espacios. Gracias a los miles de gestos de cariño, de ternura y cercanía que alivian el peso y la carga emocional del momento. Las llamadas, los WhatsApp de ánimo y sobre todo la generosidad de quienes comparten lo que son y lo que tienen.