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Aunque recorro la casa corrigiendo las manecillas el domingo, ritual que cumplo en la intimidad temprana, mientras todos duermen, no asumo el cambio de hora hasta el despertador del lunes. Es ahí cuando mi reloj biológico denuncia este afán nuestro, tan humano, de querer ser como dioses y dominar el tiempo. Paso por un instante de desconcierto. Cada célula de mi cuerpo sabe que no es verdad lo que dicen la tele, el teléfono móvil y demás gadgets manipuladores, pero no se rebelan. Aceptamos todos el trampantojo horario, por no se qué conveniencias ajenas a la razón, seguramente porque somos “seres racionales, de los que comen las raciones en los bares”, como dejó sentado Siniestro Total en una canción intensamente faltona y ochentera, de esas que hoy ya no podrían ver la luz. Queremos dictar el tiempo y lo hacemos. Total, una hora más o menos no es nada para la que liamos en el año 598, 153 a.C. en nuestro actual cálculo, cuando, a causa de una revuelta en Calatayud, al Imperio le venían mal los idus de marzo para elegir cónsul y prefirió darle la vuelta al calendario, como a un calcetín. Y tan orondos. O en 1515, cuando los sabios de Salamanca, con el consentimiento del rey Fernando y del Papa León X, convinieron un nuevo calendario más acorde con el estado del saber astronómico del Estudio. En ese caso la conveniencia era regularizar el calendario litúrgico y la reforma acabaría desembocando en el Calendario Gregoriano. Y todos pasamos por el aro. En comparación con estos despóticos despachos de la contabilidad del tiempo, los cambios de horario de invierno a verano y viceversa no son sino peccata minuta estacional, la calderilla de un manejo de la cronología que ofrece, quizá, mucho mayor potencial. Porque no es que esté yo en contra de amañar arbitrariamente el almanaque, sino que no puedo evitar pensar si acaso podríamos hacerlo con mayor provecho.

Ayer domingo, por ejemplo, podríamos haber retrasado el reloj hasta finales de los años 70. Recién promulgada la Constitución, con todos los partidos de acuerdo en que es más importante lograr consensos que nos permitan progresar en paz y en libertad que el prurito político de cada uno, borrando de un plumazo los bochornosos episodios de corrupción y el neofrentismo populista, que ha convertido el Congreso en una corrala. Sería como reiniciar la democracia, resetearla para permitir que vuelva a respirar desde el respeto mutuo y la concordia. Nos despertaríamos una mañana y moveríamos las manecillas hasta el minuto cero de la convivencia fructífera.

O quizá sería más interesante, estoy improvisando en voz alta, adelantar las agujas del reloj, decretar un cambio de calendario hacia adelante y saltarnos este eterno final de legislatura espasmódica, evitar esta precampaña podrida, para ver si, empezando de cero, somos capaces de corregir siquiera los vicios más aborrecibles de partidos inmersos en la estrategia y ajenos por completo a los nuevos retos a los que nos enfrentamos: una guerra en suelo europeo que está llevando al rearme global; una inflación que nos roba a diario y el inicio de nuevas quiebras de bancos europeos, que pone de manifiesto que las reformas que llevó a cabo el sector financiero, después de la crisis y los multimillonarios rescates públicos, no garantizan nuestros depósitos. Incluso podrían desatascarse las políticas sanitaria y educativa, ideológicamente bloqueadas hasta el punto de jugar con lo que no se debe jugar nunca. O podrían los partidos remangarse y ponerse a trabajar en la solución a la despoblación, dejadas atrás las hueras promesas de campaña. Cesaría el rosario de titulares abyectos, consecuencia de legislaciones basura, y podríamos pasar directamente a su reforma. Bastaría con organizar un par de nocheviejas universitarias seguidas y adelantaríamos una barbaridad. Porque a partir de ahora los días amenazan con ser demasiado largos. Y cuando el despertador impusiese un nuevo lunes, tendríamos al menos el consuelo de que el desconcierto ha servido para algo.

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