20 julio 2019
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¡Aquellos Viernes Santos!

19 abr 2019 / 03:00 H.
César Lumbreras
La trastienda

El Viernes Santo de mi infancia comenzaba en la práctica el Jueves Santo, poco antes de la medianoche, cuando los monaguillos salíamos con las carracas por las calles del pueblo convocando a “la hora santa”, uno de los actos religiosos más importantes de estos días y que venía a ser, más o menos, como un sermón de 60 minutos, en el que el oficiante se despachaba a conciencia. En esos años el oficiante no era el cura del pueblo, sino alguien que venía de fuera y se encargaba de todas las celebraciones de la Semana Santa. Después había que irse a la cama pronto, porque a primerísima hora, las siete o las ocho de la mañana, tocaba volver a salir con las carracas, uno de los símbolos de esas jornadas durante aquella época, para convocar al Vía Crucis. Luego la iglesia seguía abierta, con el monumento expuesto, y se organizaban turnos por parejas para que siempre hubiese alguien rezando.

Era día de ayuno, “ayunan hasta los judíos” solían decir los mayores, y de abstinencia y el potaje la comida estrella; creo que esto último, lo del potaje, es una de las dos tradiciones que se mantienen, porque lo de ayunar y lo de no comer carne solo lo respetan algunos. A media tarde llegaba el momento de los “oficios” del Viernes Santo, convocados otra vez por los monaguillos y las omnipresentes carracas, que, pocas horas después, entre dos luces, volvían a sonar para convocar a la Procesión del Santo Entierro y el Sermón de la Soledad. La jornada finalizaba de manera más lúdica, porque, es la otra tradición que se mantiene, el Ayuntamiento ofrecía limonada y unas rosquillas, dulce típico de estas fechas.

Era habitual que algunos se retirasen a sus casas bastante “perjudicados”. El número y la intensidad dependía de quién hubiese hecho la limonada y de lo que la hubiese “cargado”. Era lógico, por otro lado, ya que a esas horas del Viernes Santo se cumplían cuarenta y ocho desde que los bares estaban cerrados a cal y canto. Durante la noche del Miércoles Santo la Guardia Civil se encargaba de proceder al cierre, que regía hasta que acababan la Misa y la Procesión del Domingo de Resurrección. En las casas, madres y abuelas velaban para que no se comiese chorizo, o para que las radios estuviesen apagadas, ni siquiera música religiosa, lo mismo que las televisiones, cuando estas comenzaron a llegar a los pueblos. La única excepción era la retransmisión por la radio de actos religiosos como el Sermón de Las Siete Palabras para los enfermos e impedidos. De todo lo anterior no hace tanto tiempo, medio siglo, año arriba, año abajo. ¡Casi lo mismo que ahora y es que los tiempos cambian que es una barbaridad!