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El martes pasado, una escultura de Juan Carlos de Borbón apareció por sorpresa en la Puerta del Sol. El autor dispuso al emérito en actitud venatoria, apuntando con una escopeta al oso que, junto al madroño, representa a Madrid. Nunca se sabe con certeza qué ronda por la cabeza de un artista. En las redes, ofreció alguna explicación que probablemente sólo comprendan los entendidos; pero yo diría que el responsable del incidente quiso mostrar al público una provocadora metáfora tridimensional de la actitud del monarca ante el país a cuya cabeza estuvo, amenazando con darle un tiro a la capital del Reino.

La puesta en escena apenas duró un rato, y no porque la policía hiciera algo al respecto. Tal vez, las fuerzas del orden, o quienes manden sobre ellas, consideraran la impertinencia de dar ningún escándalo.

A estas alturas de la película, las instituciones –la mayor parte de los políticos, incluso– tienden a hacer mutis por el foro cuando del emérito se trata. Hasta los “juancarlistas” parecen haber renunciado a una batalla perdida de antemano y, como mucho, invocan con cierta nostalgia sus méritos del pasado. Grave sería que no hubiera hecho nada bueno durante tantos años en el trono, ¿no es cierto?

Lo mismo me da si España es, o no, una monarquía. En este mismo lugar lo he dicho varias veces: con independencia de la forma que adopte, guiños a la historia aparte, la Constitución de 1978 diseñó un régimen republicano. No somos súbditos, sino ciudadanos razonablemente libres. Lo que ocurre es que el vigente diseño de la Corona implica ciertos privilegios –también constitucionales– que merecerían, creo, un buen repaso.

No quiero aburrir a nadie con metralla que caduca a corto plazo. No quiero hablar de jets, de escoltas, de comisiones multimillonarias ni de falta de explicaciones.

Lo que sí quiero es apelar a la experiencia para que las cosas no se repitan. Aunque mi trabajo me cueste, podré aceptar la inviolabilidad del jefe del Estado en el ejercicio de sus funciones, pero no respecto de sus actividades privadas. Y si los monárquicos creen preciso proteger la institución, convendrán conmigo en que las paredes de cristal de la Administración deben extenderse a una Casa Real que dé auténticas muestras de patriotismo.

Y ahora, por si fuera poco,... aparece Alejandra. No sé dónde tendrá la olla el emérito, pero en democracia, aunque no se le elija, un rey requiere apoyo. Habrá que estar al tanto de los acontecimientos, no sea que la Princesa haga la mili para nada.

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