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Este año 2020 se cumple el centenario del nacimiento de Miguel Delibes (Valladolid, 192. Delibes fue un gran escritor y así fue reconocido por todo el mundo. También fue un magnífico periodista y un buen catedrático de Derecho Mercantil. Preguntado una vez acerca de dónde había aprendido a escribir tan bien, él contestó que estudiándose el Derecho Mercantil de su profesor Joaquín Garrigues (libro que yo también leí en mis años de estudiante y que usaba un castellano excelente). “Su prosa era sencilla, directa, casi ascética”, en palabras de Delibes.

Además de gran cazador, Delibes era una gran persona. Un hombre cariñoso y admirable como ser humano.

El amable lector me permitirá que cuente a este respecto una anécdota. Leí con placer a Delibes, pero le traté poco y siempre de la mano de mi amigo Manuel Leguineche (Leguineche significa Casa Leguina), cuando me ocupé durante algunos años de dirigir la política cultural del PSOE. En esa época le envié a Delibes un ramo de flores el día de su cumpleaños a su domicilio de Valladolid. Él, quizá sorprendido, me envió una carta de agradecimiento llena de cariño y de humanidad. No la reproduciré nunca, pero me llegó muy adentro.

Algo parecido me pasó más adelante con Francisco Rabal. Éste no me escribió, pero como nos veíamos con alguna frecuencia, la primera vez que nos encontramos después del envío me abrazó con fuerza y me dijo al oído: “Nunca me habían regalado flores”.

Rabal protagonizó dos películas basadas en novelas de Delibes, “Los santos inocentes”, de Mario Camus, y “El disputado voto del señor Cayo”, de Giménez Rico, y quisiera concluir esta columna con algunas palabras que Delibes dedicó a Rabal:

“Hay que reconocer el amor propio y la profesionalidad de Rabal para comprender sus progresos. Por otro lado, el cambio constante de directores opera a su favor, le enriquece, le fuerza a estar siempre alerta, impidiéndole el amaneramiento. Así llega el que para mí el momento cumbre de su carrera, encarnando a un retrasado mental, Azarías, en Los santos inocentes. [...] En la interpretación del personaje de Azarías cabe la demasía, pero Francisco Rabal no incurre en ella. Su tonto es un tonto comedido, templado, absolutamente convincente. A lo que voy es a que con esta figuración no se agotan sus posibilidades; la provisión de matices que atesora su madurez. Para manifestarlas, únicamente necesitará una oportunidad, una película con protagonista, de técnica astral, donde el resto de los intérpretes giren a su alrededor”.

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