02 diciembre 2020
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Peligro: los últimos hortelanos salmantinos tienden a la desaparición

“Las ventas han bajado cerca de un 60 por ciento”, aseguran

La pandemia del COVID-19 está pasando también factura e incluso condenando a la desaparición a los últimos hortelanos de la provincia que han tenido en los mercadillos la principal vía de comercialización para los productos que ellos mismos cultivan.

Javier Esteban y su hermana, Beni, son la tercera generación de una familia que se ha ganado la vida con la horticultura en una localidad que siempre ha tenido fama por ello, como es Cantalpino, y en la que ahora sólo quedan un par de hortelanos.

“Vamos cada semana a los mercadillos de Peñaranda, Cantalapiedra y Medina del Campo y las ventas han bajado cerca de un 60 por ciento de media aunque en Peñaranda, con el cambio de sitio, está siendo aún peor y el descenso es de un 80 por ciento. La gente tiene miedo del COVID y sobre todo los mayores, que son unos de los principales clientes en los mercadillos, han dejado de ir”, afirma.

Lechugas, acelgas, repollos, coliflores, zanahorias, espinacas, tomates, apio y perejil aguardan en los invernaderos y en las tierras a tener salida frente a una demanda que cada día va en descenso. “En Peñaranda llevábamos 20 docenas de lechugas y se vendía todas, ahora apenas vendemos tres y no merece la pena sacar y llevar género para que sobre y tengamos que tirarlo”, añade Javier Esteban.

Uno de los invernaderos dedicado a las acelgas “a estas alturas del año tendríamos que haberle dado ya una vuelta entera porque nos dura hasta abril y vamos deshojando y nada, porque no hay ventas”, comenta el agricultor cantalpinés.

Javier Esteban reconoce, además, que “nunca hemos vivido algo semejante a esto. Con las ventas bajo mínimos tenemos que seguir afrontando todos los gastos por lo que cada vez es más inviable seguir adelante y nos hemos planteado, incluso, abandonar la actividad”.

El hortelano explica que “ahora estoy llevando género a MercaSalamanca, me levanto diariamente a las 04:30 horas y no llego a casa antes de las 22:00 o las 23:00 horas para poder estar con mi familia”.

Javier Esteban recuerda con nostalgia que “en tiempos de mi padre se ganaba dinero y se trabajaba con felicidad, ahora son todo problemas”. Los Esteban han perdido, también, este año un 20 por ciento de la producción de patata por la presencia de topillos en la zona. “Las patatas no tienen precio y con la hostelería cerrada el consumo está al mínimo”, afirma. Esteban señala, por último, que “la solución no es ir a la huelga, es dejar de sembrar y que se den cuenta de que esto va en cadena y perdemos todos”.

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