22 noviembre 2019
  • Hola

Estas plantas no se comen: las especies tóxicas que crecen en Salamanca

Los campos salmantinos tienen cultivos, prados, bosques y alguna que otra trampa

22 oct 2019 / 08:09 H.

Desde los tiempos más remotos, el ser humano vive de las plantas. Construye, se viste y se alimenta de ellas. La etnobotánica es la ciencia que estudia las relaciones entre los seres humanos y las plantas, clasificándolas por sus características y utilidades. Pero entre la amplísima variedad de usos -medicinal, estético, alimentario, combustible, etc-, las tóxicas y psicotrópicas han alimentado a lo largo de los siglos numerosas leyendas, supersticiones y prácticas más o menos clandestinas e ilegales que las hacen merecedoras de interés.

De las 1.300 especies “útiles” registradas en Castilla y León, comunidad en la que se encuentra aproximadamente la mitad de la flora silvestre española, se han detectado más de 100 especies que podrían provocar algún trastorno por ingestión o contacto, sin contar las plantas que causan alergias, según la Guía de plantas útiles y perjudiciales de Castilla y León”, editada en 2009. Según su autor, el doctor en Botánica Juan Manuel Velasco, en la provincia de Salamanca podemos encontrarnos 58 especies de plantas tóxicas. “Pero solo pueden considerarse preocupantes 20 o 25”, señala.

Los expertos consideran la toxicidad de una planta atendiendo a diversos efectos: plantas tóxicas para los seres humanos, sólo para los animales, plantas de efectos repelentes, plantas alucinógenas y plantas alérgenas.

Por su presencia frecuente en los campos y bosques de la provincia de Salamanca, son varias las especies que destacan los expertos y ante las que conviene estar en guardia. Una de ellas es la DEDALERA (Digitalis purpurea), cuyo nombre científico alude a sus flores en forma de dedal invertido hacia el suelo y de color púrpura. De ella se extrae la digitoxina, que en dosis muy calculadas se emplea como tónico cardíaco pero aplicada en exceso puede ser mortal. La literatura de Agatha Christie y numerosas series de televisión, entre ellas CSI, contabilizan unas cuantas víctimas de la digitoxina que se extrae de la dedalera.

En la Sierra de las Quilamas es frecuente encontrar el ACÓNITO O MATALOBOS (Aconitum napellus L.). De ella se extrae la aconitina, un alcaloide que puede causar la muerte a quien ingiera de entre 2 y 5 gramos de su raíz fresca. “Mi profesor en la Universidad, el catedrático de Botánica Bartolomé Casaseca, decía que era ‘el matasuegras perfecto’ porque no se detectaba en las autopsias. Al menos entonces...”, bromea Juan Manuel Velasco.

Al borde de las carreteras, en lugares húmedos, crece la CICUTA EUROPEA (Conium maculatum L.), planta parecida al perejil, de la que se obtiene un alcaloide, la coniina, que puede ser mortal en dosis elevadas. Parecida a la cicuta es el NABO DEL DIABLO (Oenante crocatha L.), de aspecto parecido al apio, cuyas raíces de color azafrán costaron la vida en marzo de 1978 a tres jóvenes en Perilla de Castro, a 30 km. de Zamora. Poco después del suceso que estremeció a la región, un equipo de TVE realizaba un reportaje en las orillas del arroyo del Zurguén, junto a la carretera de Vecinos, donde era muy frecuente la planta también conocida como “embucera” o “embudo”.

Otras plantas tóxicas frecuentes son el LAUREL REAL (Prunus laurocerasus L.), cuyas hojas tienen compuestos que liberan cianuro; la HIEDRA (Hedera helix L.), muy peligrosa si se ingiere, el PEPINILLO DEL DIABLO (Ecballium elaterium) y el TEJO (Taxus baccata), que es tóxico de la raíz a las hojas a excepción del falso fruto -arilo- de sabor dulce. Especialmente para el ganado equino, ingerir hojas de tejo resulta fatal.

Algunas plantas resultan peligros al contacto con la piel, como las LECHERAS o lechetreznas (Euphorbia characias) y otras, cuyo látex blanquecino es muy cáustico, aunque hubo quien le encontró efectos sorprendentes. “Unos señores de San Felices me contaron -recuerda divertido el experto- que de niños se lo dieron en el pene. Como es vasodilatador, se les puso enorme. Estuvieron una semana sin ir a la escuela”. Otra especie trepadora, la llamada HIERBA DE LOS PORDIOSEROS (Clematis vitalba), era utilizada por algunos mendigos para provocarse bubones en la piel e incitar a la compasión en la puerta de las iglesias.

Muchas plantas tienen efectos repelentes, como el RICINO (Ricinus communis), que se emplea en las huertas para ahuyentar a los topos. “El que hay en Salamanca no es silvestre sino cultivado”, apunta Velasco. “Sus semillas contienen una proteina llamada ricina, que es la segunda sustancia más tóxica que se conoce, después de la botulina”. Otros repelentes con historia en estas tierras son el TORVISCO o “mata piojos” (Daphne gnidium), que se usaba en las cuadras con este fin, y la CEBOLLA ALBARRANA (Urginea marítima), que se emplea como raticida y repelente de hormigas. “Es un bulbo grande que se cogía en las Arribes. En los pueblos se solía colocar bajo la cama para proteger de los malos espíritus y atraer la buena suerte”.

La ley prohibe hoy su uso, pero nuestros antepasados emplearon hierbas venenosas para pescar en las pozas de los ríos aturdiéndoles, una vez machacadas y metidas en sacos, con las llamadas plantas ictiotoxicas, como el GORDOLOBO (Verbascum pulverulentum) o la BELESA (Plumbago europaea). “De los nombres de estas plantas procede el significado de verbos castellanos como enverbascar y embelesar”, explica Juan Manuel Velasco.

Pero si hay plantas de leyenda son, sin duda, las alucinógenas, vinculadas a los rituales de brujería a lo largo se siglos. En Salamanca son tres las más frecuentes. El BELEÑO (Hyoscyamus niger), que crece en zonas no cultivadas, el ESTRAMONIO (Datura stramonium), que aparece en cultivos y campos muy nitrificados, y la BELLADONA (Atropa belladonna), que se encuentra en la Sierra de Quilamas.

PALABRAS CLAVE