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Con la expectación desbordada, las entradas agotadas desde hace más de 10 días, hoteles y restaurantes abarrotados. Y todo el mundo con Marco Pérez en la boca. Guijuelo era el destino de la peregrinación. Se preveía como una gran fiesta en torno al joven valor. Y no lo fue. Se esperaba que, sin regalarle nada, los más de 2.500 aficionados llevaran en volandas, arroparan y auparan al torero que se encontró con una extraña frialdad. Fue al principio y se mantuvo hasta el final, en los momentos regulares y en los buenos. Es verdad que cuando finiquitó al segundo de Domingo Hernández se pidieron las orejas y los tendidos se cubrieron de pañuelos; y que incluso se le premió con benevolencia en el tercero. Sin embargo en uno y otro, como toda la tarde, los trasteos se vivieron bajo un silencio incomprensible. Muchos veían por primera vez a Marco Pérez. Al torero puede que le faltara esa frescura y desparpajo en ese que abrió plaza; pero ahí ya sintió el alma de hielo de la parroquia, que pareció que ni valoró ni sintió ni la faena al segundo en su desarrollo ni el valor de lo que hizo. Demasiada distancia. O el peso de la exigencia. O de que lo midieran desde ya con el rigor de figura. Cosa que no sucede cuando estas llegan aquí en verano. Ese ambiente gélido hubiera descolocado a cualquiera. Se hubieran venido abajo. No fue el caso de Marco, que lo remontó y superó. Ahí también se mide la capacidad mental de los toreros cuando tienen encima todas las miradas. ¿Defectos? Claro que tuvo. ¿Qué se esperaba más? Puede que también. El mayor interrogante sin resolver fue el porqué de ese ambiente de hielo que no estaba invitado a la fiesta.

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