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Daniel Mielgo con su familia durante el día de su ordenación. S. DORADO
Informático, marido, padre de 3 hijas y ahora diácono permanente de la Diócesis de Ciudad Rodrigo

Informático, marido, padre de 3 hijas y ahora diácono permanente de la Diócesis de Ciudad Rodrigo

Daniel Mielgo abre una senda novedosa de tolerancia en tiempos de «cierto rechazo» y con una prole que se enfrenta a «un entorno hostil en ciertas edades»

S. Dorado

Ciudad Rodrigo

Lunes, 20 de mayo 2024, 11:27

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La tolerancia avanza en una única dirección, y a su paso crece una intolerancia especialmente palpable para la familia de Daniel Mielgo Barreña, el primer diácono permanente de la Diócesis de Ciudad Rodrigo casado y con tres hijas. Tanto Daniel, natural de Barruecopardo, como su esposa Teresa, de Tamames, viven el amor divino con intensidad, pero también el amor terrenal desde que se conocieron en el grupo Manantial de Ciudad Rodrigo, al que ahora pertenecen sus hijas.

Después de 20 años de matrimonio, Daniel Mielgo ha abrazado su fe de una manera inusitada para alguien con su estado civil. Informático de profesión, gestiona la empresa junto a la madre de sus hijos, que es diseñadora gráfica. Compaginar esta actividad y los estudios de Teología fue posible con los estudios online, y es que la Iglesia experimenta transformaciones incluso en ese aspecto.

La formación abarca la oratoria y temas de interés y actualidad como la mujer en la iglesia. Daniel está especializado en Pastoral Familiar, y se entrega a labores como el acompañamiento a parejas: «Podemos aportar más cosas que un sacerdote en ese aspecto, en temas de sexualidad, intimidad, hijos, economía familiar, trabajo…», asegura el diácono.

La figura del diácono permanente abre nuevas posibilidades a padres de familia como Daniel, aunque el camino no es fácil: «Mi mujer ha sido mi mayor apoyo y ha tirado de mí cuando la fe estaba debilitada. Ahora mismo es más complicado para mis hijas que para mí. Se han ido familiarizando con este rol, pero a estas edades el entorno es muy hostil con la Iglesia y la fe, ahora mismo hay cierto rechazo hacia lo clerical, aunque esta figura puede hacer que se mire de una forma más amable al clero», revela.

Asegura sentirse muy llamado a hablar con personas con una «pobreza espiritual», a acompañarlos y escucharlos; una llamada que hay que sentir intensamente: «Vivimos de nuestro trabajo civil», recuerda, y es que hay quien cree que se recibe un salario por esta entrega vocacional.

Además, puntualiza, «tener hijos puede resultar un agobio», pero lanza un mensaje colmado de ilusión: «Yo espero que haya muchos hombres, y en el futuro, si es posible, muchas mujeres que se formen y comprometan con esto». Entre los requisitos que van más allá de lo espiritual, se requiere estabilidad y la aceptación familiar.

«Si tu mujer no lo acepta no se puede, porque tiene que firmar un documento de aceptación, pasas por un examen psicológico, tienes que tener más de 35 años…», enumera. La ceremonia fue emotiva, con lágrimas incluso. Daniel podría, de desearlo, casara sus hijas el día de mañana y bautizar a sus nietos. «Lo de casarlas lo hemos hablado, me haría ilusión, pero también ser padrino», se ríe, y concluye, «el futuro es no tener prejuicios, al igual que no los tenía Jesús».

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