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Hay años en los que llueve mucho. Y otros en los que apenas llueve. En el primer caso, sobrevienen inundaciones y desgracias a causa del exceso de agua que desborda ríos, anega casas y cosechas y, en las zonas más castigadas, se lleva por delante cuanto encuentra a su paso. Los noticiarios se encargan de dar cuenta de ese tipo de catástrofes, de manera que vemos desfilar por la pantalla embarradas aguas turbulentas, vehículos, animales y hasta personas que tratan de agarrarse a cuerdas, contenedores, en fin, a cualquier asidero que les salve la vida. En determinadas regiones orientales los periodos monzónicos, año tras año, suelen arruinar siempre a los mismos, es decir, a los más pobres.

Estamos en una estación un tanto extraña desde el punto de vista meteorológico: exceso de calores extemporáneos y escasa pluviometría.

Las televisiones no se cansan de poner ante nuestras narices tierras agrietadas que una vez eran pantanos, torres, puentes e iglesias al completo emergidas desde lo que antes fuera una masa verdinegra de agua embalsada, tocones y viejas paredes que asemejan cicatrices de heridas que nunca llegaron a curar del todo.

En algunos fondos antes pantanosos ahora reverdean los pastos, a modo de póstumo homenaje a lo que en su día fueran praderas y pacederos. Todo muy raro. Y caótico. Que si el cambio, que si el calentamiento, que si demasiados regadíos, que si la naturaleza nos está pasando factura por tanto exceso de caprichos y comodidades. Nadie dice nada de la contaminación de los doscientos mil aviones que cada día surcan el cielo en todo el globo terráqueo, falcons presidenciales incluidos; ni de las fumarolas contaminantes de países que reclaman su parcela de desarrollo y quieren seguir las pautas industrializadas de quienes contaminaron antes y ahora se dan golpes de pecho y piden para otros lo que no pidieron para sí mismos.

Entre tanta confusión climática da pena la recurrencia tan simplista de jugar con el riesgo de perder los humedales –auténticos tesoros de la naturaleza– a cambio de ganar votos. Ya va siendo hora de reconciliar posiciones y abandonar demagogias. En vez de tirarse los trastos a la cabeza acusándose de insolidarios y negacionistas, acuérdense los políticos de convocar rogativas.

Mayores, como las que hacían por San Marcos, a finales de abril. Saquen al santo de paseo por los campos casi yermos, donde los frutos se agostan antes de tiempo, y entonando “que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva”, o reburdiando aquello de “Danos el agua que ansiamos, ¡oh Cristo de la Agonía!”. Aunque, como argumentaba ante sus feligreses el cura rural que seguramente había consultado los pronósticos de Aemet, “si queréis que saquemos al santo, lo sacamos, pero de llover no está”. Por intentarlo a base de plegarias, que no quede.

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