14 agosto 2020
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Pandemia de insensatez

18 may 2020 / 03:00 H.
Manuel Muiños
Renglones torcidos

Sin duda alguna no está el horno para bollos ni para malos rollos, sin embargo la insensatez fluye y parece contagiarse por ósmosis sin darle ninguna importancia. Ciertamente tengo mis dudas si realmente es insensatez, inconsciencia, desconocimiento, confusión o interés puro, duro y espurio. Estamos necesitados de hacer realidad el principio de Arquímedes. Necesitamos desalojar toda la cantidad posible de estupidez reinante en estos días y en este país para experimentar un empuje vertical hacia arriba.

Pero mientras llega y no llega, la única manera de salir a flote es por la fuerza de la solidaridad. No queda otra que arrimar el hombro y compartir el pan. Porque mientras unos y otros discuten tratando de parir ideas para deslumbrar y cegar a los demás; mientras unos y otros se enredan manipulando todo lo manipulable y más para justificar su existencia inexistente; mientras los Ertes llegan y se pagan; mientras las promesas luchan por hacerse realidad; mientras en los balcones los aplausos se convierten en caceroladas. Mientras eso pasa, la estolidez se acentúa cada vez más, llegando a límites insospechados y alcanzando a una gran parte de la población. Más allá del Covid 19 está la insensatez 2020. Algo realmente preocupante y que si no ponemos remedio puede colapsar el presente y el futuro de España, generando odios y rencores interesados. Fundamentados en fantasmas y miedos sucedidos en el pasado y no vividos, gracias a Dios y a la escasez de años, por muchos de los presentes que cacarean sin haber puesto un huevo en su vida.

Tenemos el coronavirus extendido por todo el planeta y nos dedicamos a generar catarros en nuestra propia casa. Lo triste y lamentable es que con tanta tos nos cuesta mucho escuchar, ver la queja y el lamento cada vez más acentuado de personas que ahogan sus lágrimas de angustia y miedo, de tristeza y dolor, de vergüenza sobre todo. Cuando con una mirada triste, muy triste, una mirada como arrastrada, tienen que decir: “No tengo para comer, no tengo nada para darle a mis hijos”. Sé de lo que hablo, lo he vivido en varias, demasiadas ocasiones, en la última semana. Familias que en apenas dos meses sienten el mordisco del hambre en sus estómagos y lo que sienten en el corazón, si me lo imagino lloro.

Lloro con la tristeza y el dolor de ellos y con la rabia y la impotencia que siento, al ver la insensatez con la que se generan comentarios, actitudes y comportamientos que provocan situaciones que una vez pasado el coronavirus habremos de afrontar, y a lo mejor nos desbordarán tanto o más que la maldita pandemia. En este caso la vacuna existe: humildad, honestidad, confianza, esfuerzo, solidaridad ¿Somos capaces de vacunarnos? Nos va la vida en ello.