02 diciembre 2020
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Ni el talento ni el esfuerzo son parábolas

    Aunque el talento es el protagonista de un conocido pasaje evangélico, como bien saben ustedes, ya no es una parábola ni una moneda antigua. Es la capacidad de entender, o sea, la inteligencia, eso que parece escasear en la clase política, cegada tan a menudo por el sectarismo.

    El domingo pasado en la ermita del Cueto mi amigo el cura leyó precisamente la parábola de los talentos, a la que como es lógico dedicó la homilía. Mis pensares volaron, recordando el debate de grueso calibre del artº 27 de la Constitución, sobre el derecho a la educación, en la que tanto juegan el talento, el esfuerzo, y también la libertad. Recuerdo que a la Comisión de Peticiones -de la que fui secretario-, llegaron de golpe ¡mas de 25.000! (antes no se podía). El bueno de García Escudero, excelente letrado de Cortes -antes director general de Cinematografía-, tuvo la santa paciencia de dárnoslas clasificadas. Eran unas cuantas de presos, pero la inmensa mayoría peticiones de ¡cuidadito con la educación! Estuve distraído -que la Virgen campesina me perdone-, pensando en las siete leyes sobre la educación que llevamos en España con la democracia, y la octava, que la semana entrante sería desencajonada y lidiada por Sánchez y su peón(a) de brega, Celaá, escolar en colegio privado y con dos hijas educadas en las Irlandesas. Ha sido aprobada por ¡un solo voto! A estas alturas, Señor, sin pacto educativo y tirándonos con los pupitres. El partido en el poder saca adelante su ley y en cuanto gana la oposición la deroga e impone la suya. Typical spanish. Y los escolares y educadores en medio de la vieja gresca, que viene de la IIª República.

    Siendo castellanos y leoneses conviene recordar -saquemos pecho por algo-, que nuestra Comunidad, la despoblada, pobretona, es figura educativa en España, y resto del mundo. Existe PISA (siglas del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes), en cuyo último informe Castilla y León resulta ser la primera de España en el área de competencia global y nada menos que la segunda, tras Canadá, entre los países de la OCDE (comparación con otras sesenta y tantas naciones). ¿Qué tal?, como diría el amigo Casimiro, maestro de Vilvestre (entre otras cosas). Y ahora llega la ley llamada Celaá, y pretende alborotar nuestro sistema educativo, que funciona divinamente. Es natural, el sanchismo y sus socios no quieren saber nada de lo divino ni de la religión, aunque marche con notorio éxito. Añado que tampoco con esas diferencias que inevitablemente acarrean durante los estudios y más tarde en la vida, el esfuerzo y el talento. Pa tóos café, aprobado general, viva la mediocridad. Que desde la escuela los españolitos salgan mansos, borreguitos, que nadie despunte, que cuando sean mayores ya les dirán lo que tienen que votar, por supuesto a quienes ahora se han conchabado para sacar adelante ese disparate mayúsculo. Que si tienen suerte, se portan bien y adulan al jefe, entrarán en la clase política, la casta, esa “industria” que según el profesor Gay de Liébana nos cuesta cada año unos ¡veinticinco mil millones de euros! Lo peor es que entre los que derrochan ese inmenso capital, hay muy poquitas cabezas con talento y muchas medianías, adocenadas y adormecidas por la nómina -por no decir pesebre-, muchas de ellas sin dar un palo al agua.

    En estos pagos la educación es tan esmerada y reconocida internacionalmente, que comprendo que la comunidad educativa no quiera aplicar los nuevos y preocupantes criterios ni en broma. Una ley anterior socialista, siendo Esperanza Aguirre presidenta de la Comunidad de Madrid, hizo todo lo posible legalmente para sortearla. El PP que en esto tiene toda la razón, elude la que podría considerarse insumisión. No quiero pensar los sapos y culebras que expulsará la indocta e inculta Adriana Lastra. Los populares avisan que blindarán con decretos y órdenes la libertad de elección, la educación concertada y la especial (hay que escuchar a Bertín Osborne hablando amorosamente de su hijo enfermo, frente a la barbaridad que se ha perpetrado). Y a esperar para derogarla. ¿Cuándo? Si ha pronosticado Pablo Iglesias que no volverán jamás al Consejo de Ministros.

    Frente a tanto advenedizo, sectario y ganapán, y a pesar de algunas cosas, digo ¡vivan mi hogar y los “mondas”! (los salesianos, como nos llamaban los “pipas”, Maristas). Aprendimos el valor del esfuerzo, que unido al talento supera obstáculos. En pocas palabras, los principios de “mérito y capacidad” que no solo sirven para seleccionar funcionarios públicos, sino para desarrollar el talento y situarse honradamente en la vida, sin necesidad de convertirse en político sectario y a plato puesto.

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