04 marzo 2021
  • Hola

Monólogo fraternal

    Cuando nació Enrique -hoy hace exactamente ochenta tacos-, como era hijo de ginecólogo, no le sucedió lo que a Gila, que su madre había ido a casa de una vecina por perejil y tuvo que decirle a la portera, “he nacido, no está mi madre en casa, y a ver quien me da de mamar”. Al que luego sería prestigioso doctor don Enrique Ferreira Villar -en cuya Clínica nació media Salamanca-, no le faltó leche. Y uno, que llevaba por aquí cinco meses, ignoraba que ambos iban a encontrarse en los “mondas”, Salesianos en Mª Auxiliadora, que nos tiene sin los auxilios que de viejos se necesitan para una senectud serena, sin la sombría pregunta de tantos abuelos Cebolleta, ¡ay, Señor!, ¿qué va a ser de nuestros nietos?

    Mirando patrás, Quique, ni tÚ ni yo somos siglo XXI. Somos del pantalón bombacho, cuando muchos comían pan moreno; de la radio de galena con Matías Prat y las inolvidables alineaciones del Athlétic (que acababan inexorablemente en Zarra y Gaínza); de jugar a las canicas de barro, aunque algún caponista las lograba de cristal; patinar en la carretera de Fuentesaúco porque solo pasaba un carro de higos a brevas; los amoríos rosas; el cocido diario; los guateques; la paga de una peseta, y ahorrar para ir al cine Bretón a ver “El mayor espectáculo del mundo”, o para comer en “Casa Jesús” -luego “La Posada”-, un pepito que descubrieron era de carne de burro. Y seguro que recuerdas cuando éramos barbilampiños y delgaditos -que no se lo cree nadie-, nos arrearon capones, dejamos de frecuentar el confesonario de don Manuel Camaño, e irrumpió en nuestras vidas el padre José Luis S.J., que traía bajo el brazo “La vida sale al encuentro”, best seller de juventud, y aquello de Tihamer Toth, “Energía y pureza”... Cuando nos quisimos dar cuenta nos había llegado el pantalón largo, la tele en pruebas y en blanco y negro, los noviazgos blancos, Di Stéfano, el Preu (de política ni media palabra, correr delante de los grises tampoco) y la hora de la verdad, cómo nos ganaríamos los garbanzos, la Universidad, pedazo empollón, que te comías los libros. Lo demás, incluida la mili en “Montelareina”, la profesión y la transición, es reciente.

    Hemos asistido a cambios significativos. Solo dos ejemplos. ¿Recuerdas cuando tomar jamón en tacos era signo de poderío, y los nuevos ricos ofrendaban jamonichi a sus amiguitas? Bueno, pues ahora ni en lonchas. El ministro comunista de Consumo mantiene el semáforo nutricional en rojo (como él), para todos los productos del ibérico, y que se jodan los de Guijuelo. El de agricultura le pide el indulto del jamón, tiecojó. Otra, Quique: “Tu calle ya no es tu calle, sino una calle cualquiera, camino de cualquier parte”. Viviste en Frutos Valiente, hasta que un Ayuntamiento socialista creyó que había sido un obispo poco progre y volvió a rotularla como cuando era Los Novios, y venga cambios para carteros, recados, imprenta... Cuando creímos que el desacarreo cesaba -creímos porque en esa calle estuvo mi bufete-, llega nuevo alcalde y pega otro trueque: Rector Tovar. ¿Qué tal? Quiero decir con ello que hemos vivido muchas mudanzas, usualmente a mejor, que colaboramos a ellas de buena fe, o sea, que somos de una generación que se sacrificó y trabajó como jumentos para lograr una España más rica y democrática. ¡Sí, sí! Entonces dirás ¿qué coños hacen los comunistas en el Gobierno del Estado que quieren destruir? Pero coño, es que están también en la calle, directamente o alentando a jóvenes supuestamente “antifascistas”, que no han pegado chapa, pero destrozan el mobiliario urbano, negocios próximos a su manifa (mejor, guerrilla urbana) y lo que se les ponga por delante, incluidos los policías. ¡Ay, Ferre, pero qué malamente están las cosas!, aunque ahora salga el jeta del presi con la “democracia plena”.

    Nuestros padres fueron hijos del esfuerzo y nos forjaron en la cultura del sacrificio. Colaboramos en el progreso de España y en la reconciliación. Todo parece haber sido inútil. Cuando habíamos alcanzado la categoría de modestos patriarcas, con derecho a la serenidad, y a embobarnos con los nietos; mientras esperamos turno para la vacuna -parece que a los octogenarios ya nos toca-, ensombrecen nuestras vidas y el porvenir, golpes de campanario contra la unidad de España, y ataques a todo lo que es esta vieja nación y su Carta Magna, la bandera, el himno... ¡Que penita, Quique! ¿Verdad que no hay derecho? Pues a pesar de este soliloquio, no mires por el retrovisor y recibe la felicitación de este viejo amigo -hermano-, por haber llegado a la octava planta, buenazo. Bienvenido.

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