25 mayo 2020
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Luego no venga llorando

21 may 2020 / 03:00 H.
Jairo Junciel
LA NAVAJA DE HANLON

Aunque no se dé cuenta, en este preciso momento, está perdiéndolo todo. No sólo usted, también sus hijos, sus nietos y yo. Todos. Nos están quitando el presente y embargando el futuro. Es un plan pausado, silencioso y urdido a nuestras espaldas. Pero inexorable. Es de esta manera porque las alimañas que nos gobiernan, esta turba de coprófagos, saben que, para despojarnos de todos los derechos, tienen que ir poco a poco. Suave, a fuego lento. Cualquier intento de acelerar el proceso puede ser contraproducente para «su causa» pero esta crisis les ha dado la excusa perfecta y no quieren elementos subversivos, quejas o que les vayan a contrapelo.

No mire para otro lado. ¿Piensa que esto no le afecta? ¿Cree que está a salvo? Quizás usted se siente tranquilo porque es un currito, mejor o peor avenido, en una empresa solvente. Pero sólo es un número. Si a la empresa no le apetece seguir perdiendo dinero, a causa de las decisiones de este gobierno, usted se irá a la puñetera calle y el hogar en el que vive se lo acabará quedando otra multinacional. Pregúntele a los de Nissan, Renault, Airbus o Ford.

Si usted es uno más entre los millones de españoles que ya se encuentra en el paro, lo siento mucho. Pero no crea que ya le han quitado todo. El camino a Cáritas está asfaltado con dignidades.

Puede que usted sea funcionario y se consuele pensando que —quizás— lo anterior no le va a pasar. Pero cuando vengan los hombres de negro a prestarnos dinero a lo mejor exigen recortes del 40% en su nómina, o congelación salarial ad infinitum (como le pasó a los funcionarios de la rescatada Grecia).

Si es usted jubilado, felicidades amigo, ya luchó lo suyo. Terminó la carrera de la rata y no murió a la orilla. Tiene la casa pagada, los hijos colocados y todos los meses cae la merecida propina. Puede engañarse pensando que protestar es cosa de los jóvenes. Pero cuando las hordas comunistas decidan trocarle la pensión por una cartilla de racionamiento y le digan que tiene que subsistir con un cuenco de arroz y el caldo extraído de dos piedras; cuando dejen de sufragarle el Sintrom o le quiten la mitad del colchoncito que tiene en el banco, por favor, no venga llorando. Fue advertido hasta la saciedad.

A los jóvenes y a los universitarios os han cascado a base de bien y antes de que podáis levantar cabeza. Cada día que pasa vuestra licenciatura vale menos que los pagarés de Nueva Rumasa. Ya veréis qué amargas risas os pegáis con el de recursos humanos cuando vayáis a buscar trabajo en una empresa seria. El tipo levantará una ceja y os preguntará, en perfecto inglés, si de verdad sois de los que ingresaron en la universidad con una prueba de chufla, con becas exentas de mérito o con unas matemáticas optativas. Dadle las gracias a los desvaríos mentales de Isabel Celaá. Por cierto; mis más sinceras condolencias a los que preparaban oposiciones.

Puede que algún aguerrido autónomo (o pequeño empresario) lea esto y se diga así mismo que no puede perder el tiempo protestando, que tiene que levantar su empresa. ¿Hasta cuándo vas a poder aguantar, compañero? ¿Subsistirá cerrada tu empresa los meses que vengan desde octubre hasta que haya una vacuna? Haz provisión de vaselina porque, si sobrevives, la que nos van a meter a impuestos no va a ser chica.

Como ven todos tenemos mucho que perder.

Los únicos que saldrán ganando serán los responsables directos de esta desgracia. Estos bastardos, tras hundir el país y matar a miles de españoles, se retirarán con una suculenta pensión vitalicia otorgada como infame recompensa a sus esfuerzos. Y no les podremos tocar ni un pelo de sus ministeriales cabelleras. Hace siglos que los políticos desdeñaron cualquier atisbo de responsabilidad.

El ejercicio de la queja es libre —o debería serlo— y no es potestad de ninguna ideología. Pero este contubernio de sarracenos quiere transmitir la idea de que la protesta sólo es lícita cuando son ellos quienes la abanderan. ¿Van a darle al jorobado de Galapagar el placer de ostentar el cártel del escrache? ¿Van a quedarse en el salón de su casa, cociéndose a fuego lento en el sillón, mientras Pedro I el Enterrador les dice que todo va bien? ¿Van a permitir, con derrotista sumisión, que el programa lobotomizador del Estado les anule la voluntad?

Tengan espíritu crítico y tómense la libertad de hacer muestra de su indignación.