16 abril 2021
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Las que tienen que servir

06 feb 2021 / 03:00 H.

    Unidas Podemos ha descubierto la pólvora: aprovecharse de sus cargos para explotar a “la servidumbre”, como un despreciable burgués cualquiera. ¿Pero Iglesias no venía a emancipar a los “parias de la tierra”? El portavoz Echenique pagó en negro a su asistente y no cotizaba por él a la Seguridad Social, como un despreciable facha. Y el mandamás del moño y su pareja, designados ministra de Igualdad y vicepresidente del Gobierno, han pasado en horas veinticuatro de liberadores del pueblo oprimido, a marquesones. Ahora denunciados, porque usaron habitualmente como niñera a la responsable de Política de Cuidados de UP (¿pensaban que entre esos “cuidados” estaban los infantiles?). Pero es que la bachillera Teresa Arévalo fue nombrada luego jefa adjunta del gabinete de Montero, donde podrá seguir haciendo tareas de canguro, pero cobrando de todos los españoles. La “igualdad” ministerial se rompió también el día que echó a una sirvienta (otra) que había sido obligada a hacer de “escolta y recadera”, ¡toma del frasco! Este doble oficio recuerda las quejas de los escoltas del ínclito ministro bejarano Sr. Caldera, porque les exigía prestaciones digamos que inadecuadas. Conviene añadir que otro ministro de Trabajo anterior, licenciado por Salamanca, Calvo Ortega (UCD), fue el alma del Estatuto de los Trabajadores vigente, en cuyo artículo 41 trata de “la modificación sustancial de las condiciones de trabajo”. ¿Hay cambios mayores que hacer de un escolta un recadero (“tráigame la pesca del mercado, pero que no vean la pistola”), o dedicar un alto cargo a babysitter (“no te olvides del biberón de las doce”). La última ha sido montar una guardería en el ministerio para la peque. El asunto es de calderilla, pero ¡es tan significativo de lo golfos que son!

    Mi titular pertenece al conocido tango de la Menegilda, de “La Gran Vía”: “Pobres chicas, las que tienen que servir...”. La criada confiesa que no prosperaba fregando, barriendo o guisando y aprendió a sisar haciendo la compra. Acaba cuidando de “un abuelo que el pobre está lelo”, y afirmando “yo soy el ama, y punto final”. Las cosas han cambiado, pero el desenlace de los hombres solitarios suele ser el mismo de la gallina del refrán: caer en manos de la zorra o de la cocinera. Unamuno escribió ese cuento, “En manos de la cocinera”. El protagonista averigua durante una fractura las virtudes de su criada Ignacia, lista, discreta, solícita, no guapa, pero que cura con “alas de ángel”, y acaba repudiando a su prometida, y casándose con ella. Más tierna es la novela “La hoja roja”, de Delibes. El jubilado, viudo, desatendido por su único hijo, se acaba casando con la Desi, su criada, personaje inolvidable.

    Los mayores hemos asistido a la dignificación del humilde oficio, que no tenía límites ni horario. Desde que se llamaban despectivamente marmotas (un conocido chotis decía “conozco un baile de marmotas y de horteras, a mí me gustan las cocineras”...); los tiempos en que entraban a servir sin más que la manutención; luego el llamado “servicio doméstico”, cuya agencia local era un céntrico convento; y, por fin, el justo reconocimiento de sus derechos y la inclusión en la Seguridad Social como “Empleadas del hogar”. Sobre tan dura profesión hay dos modelos: el evangélico de las hermanas de Lázaro, Marta y María, aunque la currante era Marta, que “se preocupaba con muchos quehaceres”, mientras María escuchaba arrobada al Maestro; y el otro, las también hermanas de la famosa obra teatral “Las criadas”, de Genet, dos vértigas de cuidado.

    Desfilan frente a mi teclado imágenes indelebles del hogar paterno, Emilia, Tránsito, Baralides, Evarista... limpias, honradas, fieles, que no digo que fueran tan virtuosas como Marta, pero ni de lejos se parecían a las teatrales Claire y Solange. Eran como de familia; incluso rezaban con nosotros el “rosario en familia” –como pregonaba el Padre Peyton-; y marchaban de casa directamente al altar (salvo una, que llegó al día siguiente de la boda, porque su marido salió de najas aquella noche. Corriendo el tiempo, el limpiabotas y mozo de espadas Zorita, me contó el porqué). Ninguna era empleada de la delegación de Hacienda, ni del Ayuntamiento o la Diputación.

    Han pasado apenas diez años desde que Iglesias acampó en la Puerta del Sol, e indignadísimo, exigía “¡Democracia real ya!”. No ha necesitado asaltar los cielos. Ya es “casta” hasta las trancas, y comete más desafueros que la peor derechona histórica. Hace compartir sin rubor los servicios al Estado con el servicio doméstico. Doña Irene estará en estos momentos diciéndole a la adjunta a la jefatura de su gabinete: “Teresa, vamos a conciliar nuestra vida política y familiar: anda, cámbiame los pañales de los mellis”.

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