09 julio 2020
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La orquesta del Titanic

29 jun 2020 / 03:00 H.

    Érase una vez un barco llamado España que navegaba rumbo norte, inconsciente del mar de fondo. En medio del viento favorable y el apacible sol irrumpió de forma repentina una nube negra que oscureció las aguas. La tripulación y los viajeros disfrutaban apaciblemente en las distintas cubiertas, ajenos a la tormenta que poco a poco se iba convirtiendo en un tsunami llamado COVID-19. Poco a poco y en medio de la tormenta el capitán y la tripulación perdieron el control y el barco se fue “a las piedras”. La proa recibió el envite como buenamente pudo y sintió que la quilla se resquebrajaba abriéndose como una antigua lata de conservas. Tras el susto inicial y una vez medio recuperado el equilibrio y con el barco varado, el mando de la nave trató de dar normalidad a la situación. Sorprendentemente tras el momento de desconcierto generalizado, la gran mayoría pasaron a la inconsciencia general. El barco se hundía mientras comenzaba a sonar una melodía de fondo. La orquesta afinó sus instrumentos pero no lograban ponerse de acuerdo y cada músico parecía ir por libre tratando de hacer sonar su instrumento por encima de los demás. La música lejos de ser una dulce melodía de esperanza y futuro, lejos de ser una música de solidaridad como la interpretada por la Wallace Hartley Band en la triste noche del hundimiento del Titanic, se convirtió en un estridente sonido de insultos y exabruptos que chirriaban en los oídos de todos los viajeros, que desconcertados deambulaban de un rincón a otro del barco. Hasta las ratas se sorprendían de la extraña actitud de unos y otros. No alcanzaban los roedores a comprender como, en medio del naufragio, muchos eran incapaces de entender que si no se ponían de acuerdo y hacían equipo el barco se hundiría irremediablemente.

    Hoy como en la travesía del Titanic nuestros políticos se han puesto a tocar, se han convertido en una auténtica banda. Hacen sonar la música de sus debates en tonos que desafinan mucho, por momentos muy subidos y continuamente en clave de descalificación. Es hora de poner cordura, sensatez y sentido común. Ya basta de dar ordenes y contraórdenes, a babor y a estribor, a proa y a popa y al final todos confinados en la bodega. Ayer no había fiestas patronales y hoy ya hay fiestas. Lo mínimo honestidad y claridad para evitar la desconfianza, el desconcierto y la confusión. Los muertos son los que son y nadie queríamos que fuera así. El desconocimiento es el que es y nadie sabe más. Pero o remamos al compás o el barco girará en redondo y no avanzaremos, acabaremos en el fondo de la mar, ahogados en nuestro propio ego y envueltos en las redes de la vanidad. Despertemos de una vez y cuidado con el mar de fondo, producido por ideólogos vacíos de sentido y escasos de contenido. Qué suene la música, “nearer, my God, to Thee, nearer to Thee”. Es tiempo de navegar, no de naufragar.