21 abril 2021
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La nueva carta-menú de Florentino

05 abr 2021 / 03:00 H.

    Cuando, allá por 1863, Gregor Mendel se puso a experimentar con guisantes para postular las teorías de la herencia genética, jamás pudo imaginar que aquellas bolitas verdes fuesen a convertirse en una argamasa comestible que, convenientemente moldeada, iba a promocionarse como hamburguesas, salchichas o albondiguillas desde el mismo Bernabéu. Y es que Florentino Pérez –actual presidente del Real Madrid- ha visto negocio en una de esas empresas empeñadas en salvar al planeta de las flatulencias de las vacas y de los Heliogábalos de la carne. Y para que los millones del patrocinio no se hicieran esperar, no ha tardado en colgarle un mandil a Roberto Carlos, uno de sus jugadores históricos, quien sonríe desde las gradas del estadio para convencer al mundo de que lo sostenible pasa por dejar de comer carne y alimentarse con encofrados de guisantes. El asunto ha puesto en jaque al sector de producción animal. Porque los ganaderos están hartos de esta inquisición que vienen ejerciendo los nuevos gurús de la sostenibilidad, colgando los sambenitos de los herejes a sus ganados. Colectivos empeñados en travestir la alimentación natural del hombre. Snobs que no se duelen en dar prenda millonaria a futbolistas de éxito, que han venido presumiendo públicamente de comer en los mejores asadores de Madrid, junto a chavalas de quitar el hipo, y, a las que ahora, según el nuevo manual merengue, habrán de invitar a un bistec de masa de guisantes que, bien aderezado con especias y agüita de remolacha, les permitirá rendir mejor en el campo y donde haga falta. La sonrisita de Roberto Carlos en la foto de campaña me ha dolido por cinismo. No he tardado en teclear su nombre en la web y toparme con el brasileño, poco antes de la pandemia, desorbitando la gula de sus ojos y su “esmarfon” sobre un soberbio tostón asado. Pero eso era antes de que el embajador del club madridista recibiera la nueva carta-menú de Florentino. Pero eso era antes de que los petróleos de barcos, aviones y coches dejaran de arar cielos, mares y tierras. Pero eso era antes de que se demostrara que, a pesar de los enormes pedos de las vacas, el parón pandémico había reducido la contaminación ambiental de forma drástica.

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