15 octubre 2021
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La mordida

01 jul 2021 / 03:00 H.

    Mi amigo Pepe es un buen tío. Un momento, ¿se llama Pepe? La verdad es que no recuerdo bien. ¡Qué mala memoria la mía! Mejor me referiré a él como X.

    Como les decía, queridos lectores, tengo una gran amistad con X. Es una de esas personas formadas, inteligentes, dignas y, sobre todo, honradas que hoy día tanto escasean. (Anda, parece que tengo memoria selectiva). Por desgracia X vive y trabaja lejos de nuestra charra tierra, en un lugar de España que no logro recordar. El teléfono acorta distancias y, mientras desahogábamos penas y nos felicitábamos por nuestras alegrías, me contó el episodio digno de una película de Berlanga que vivió hace unos días.

    X ocupa un puesto de responsabilidad en Sanidad. Estando en su oficina reparó en que alguien había olvidado allí una carpeta. Al revisar su contenido no tardó en percatarse de que era el presupuesto, pormenorizado, para la construcción de una garita en la zona de urgencias del complejo hospitalario en el que trabaja. Sin embargo algo no cuadraba. Bajo cada línea del presupuesto aparecían, escritas a mano, distintas cantidades de dinero. X, oliéndose la tostada, le pidió a su compañero de oficina que le ayudase a estudiar las cifras. Después de un buen rato llegaron a la conclusión de que aquellas extrañas anotaciones seguían un patrón. Eran las comisiones que alguien iba a embolsarse bajo cuerda. Enseguida sonó el teléfono. Un hombre, con voz acelerada, llamaba para preguntar si tenían ahí la carpeta de marras. X, que a veces tiene un punto canalla algo sádico y divertido, empezó a lanzarle rejones al interlocutor:

    -Oiga, ¿y esto qué es? -le decía con autoridad-. ¿No serán mordidas? Esto es muy turbio. Será mejor que lo deje en la comisaría. Y usted si quiere vaya a buscarlo.

    El interlocutor, al oír a X, debió de empezar a padecer un amago de infarto, pues le rogaba -casi suplicaba- que le devolviese su carpeta.

    Media hora después se presentaron en la oficina a buscar los papeles el contratista, el arquitecto, el gerente y, redoble de tambores, el mismísimo alcalde -o alcaldesa-. Entre tartamudeos, temblores, lloros, excusas insostenibles, criadillas recogiéndose en las bolsas escrotales y mucha, mucha, amabilidad temerosa, los cuatro elementos tomaron la documentación. Cuatro personas para recoger una carpeta. ¡Carajo!, sabía que el papel lo aguanta todo pero ignoraba que pesara tanto.

    X, como prueba de sus palabras, me remitió las fotografías que hizo a los documentos antes de que se pasasen a buscarlos.

    - Hay que tener la espalda cubierta -dijo refiriéndose a las pruebas-. ¿Qué hago?

    - Denúncialos. Que el juez los mate y Dios los seleccione. -Escucho un resoplar de hartazgo-. ¿Qué quieres? Esto es España; aquí el dinero público no es de nadie. El cómitre ha ordenado boga de ariete así que rema, galeote. Hay que mantener a los hijos... a los hijos de perra.

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