09 agosto 2020
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La mafia roja

02 jul 2020 / 03:00 H.

    Si Rodríguez Zapatero hubiera gobernado hace doscientos años, cuando el pueblo aún tenía agallas (y memoria), muchos de sus desmanes no se habrían pasado por alto.

    No tengo pruebas de lo que voy a escribir, pero tampoco tengo dudas y gracias a que nadie me ata las manos y a que este es un país relativamente libre para opinar y teorizar, puedo permitirme hacer cábalas y dejar volar la imaginación: creo que el expresidente Zapatero -el hombre que nos sumió en una crisis que está empalmando con otra y que le abrió la puerta a un despotismo político como nunca antes se había visto- es algo más que un pésimo político. Pienso que, en algún momento de su mandato, forjó una alianza con Chávez y que, a través de esta hipotética sociedad, el régimen venezolano ha pagado y está pagando por un flujo constante de favores de parte de los dirigentes de la izquierda española. No es algo descabellado de pensar pues, aunque Zapatero se empeña en demostrar una y otra vez su mezquindad, no deja de ser un antiguo jefe de estado con contactos.

    El revolucionario movimiento podemita comenzó a rodar un año después de que el dirigente venezolano falleciera. Fue cuestión de tiempo que pillasen al coletas con las manos en la pasta venezolana e intuyo que por ello empezó a delegar las gestiones en alguien de confianza. ¿Dina Bousselham?, -una de sus amantes- era la persona indicada para el puesto, pues esta joven e ingenua correveidile de Vallecas no tenía relación directa con el chavismo. No estaba manchada. Creo que Dina, al ver que el de Galapagar no pensaba pagarle con un ministerio, decidió darle un “toque” de atención.

    Pero, claro, cuando eres vicepresidente ya no necesitas mancharte las manos tratando con peones. Para esos menesteres tienes a los profesionales del CNI. ¿Se explican ahora la insana vehemencia que puso Pablenin en meterse en la comisión que controla el Centro Nacional de Inteligencia?

    Moviéndose en esas esferas se siente por encima de la ley. Con el beneplácito de Sánchez, quizás pudo enviar, en mitad de la noche, al botones Ábalos para que recogiera en Barajas oro, dólares, droga o... ¿documentos?; quizás pudo decirle a Villarejo que le pusiera al día de los suburbios; quizás le exigió a los fiscales que se trajinasen el secreto de sumario o, quizás, ordenarle a Marlasca que quitara o pusiera determinados mandos de la Guardia Civil.

    Muchas quizás, demasiadas preguntas sin respuesta para un gobierno de la democracia.

    El tiempo me dará o me quitará la razón -ya les avisaré si me encuentro una cabeza de caballo en la cama-, pero lo que es seguro es que estamos empezando a ver la tenebrosa y maquiavélica patita de un régimen comunista que funciona como una mafia organizada.