22 octubre 2019
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La “función” de ayer y las fiestas de hoy

16 ago 2019 / 03:00 H.
César Lumbreras
La trastienda

Vale”, pero a las siete de la mañana aquí”. Recuerdo la frase de mi padre, que era la misma que pronunciaban los progenitores de mis amigos de entonces, cuando hace cuarenta y cinco años, principios de los setenta, pedíamos permiso para acercarnos hasta el pueblo de al lado y disfrutar de sus fiestas patronales. Confieso que tengo el día nostálgico. Me ocurre en fechas señaladas, como estas en las que nos encontramos, cuando la mitad de los pueblos de nuestra Comunidad celebran La Virgen, San Roque, su perro y Santa Elena. Era “la función”, como se decía por mi tierra, de varios pueblos de al lado y entonces se respetaba el día en cuestión. Nada de juntarla con el fin de semana siguiente o el anterior. Era fiesta local solo en esa localidad y, por lo tanto, en el mío tocaba trabajar, porque los cerdos tenían la sana costumbre de comer todos los días, o había que recoger los paquetes de paja o almacenar y moler la cebada. Total, que cuando pedías permiso-comunicabas (más bien lo primero) que querías ir a esas fiestas, la respuesta invariable que escuchabas era “vale, pero a las siete aquí”. Y tan contento que te ponías. Tocaba asearse un poco, solo lo justo porque en muchos pueblos no había llegado todavía el agua corriente a las casas, cenabas algo o te preparabas un bocadillo, y en marcha. Por supuesto, a pie, o en el mejor de los casos en bicicleta; ni pensar en los coches y menos en pedir a tu padre que te llevase o que te fuese a recoger. Y ahí estabas, en medio de la noche, pasito a pasito, o pedalada a pedalada, haciendo los tres o seis kilómetros que te separaban del pueblo de al lado, para disfrutar del baile.

A eso de las cinco o de las seis de la mañana tocaba hacer el camino de vuelta, cambiarte de ropa y, sin dormir, acudir hasta el cebadero a echar de comer a los cerdos, hasta la era donde estaba el muelo de la cebada o al molino para transformar esta última en la harina-pienso que iban a devorar los guarros. Y, además, ya podías estar listo, y no andar durmiendo por las esquinas, porque, como las fiestas duraban dos o tres días, te jugabas que esa noche pudieses ir otra vez al jolgorio. Y así encadenabas varias jornadas, haciendo puente de un día para el otro, y apañándote con un par de horas de la siesta y alguna cabezada furtiva. Y todo ello sin protestar, porque te quedabas sin permiso para salir esa noche y sin unos “durillos” para gastarte, suponiendo que la cosecha hubiese sido buena. Ah, y tan contentos. Lo mismo que ahora, ja, ja, ja.