30 octubre 2020
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Juventud, divino desdoro

    En este primer día de nuevo confinamiento me permito modificar el verso de Rubén Darío con esa palabra que según el diccionario significa el “menoscabo en la reputación o el prestigio”. El desdoro es el camino que ha elegido esa parte de la juventud que, sobre todo por las noches, olvida la pandemia a base de botellines, botellones, fiestas en pisos o reuniones sobradamente aplazables. El cisma es mucho más acusado en las ciudades universitarias como Salamanca. La población joven convive con la desconfianza de la mayor. Y algunos de los primeros acaban confirmando los temores de los segundos a base de derrochar su tiempo y su reputación, con el único límite que marcan los horarios de la hostelería. No hará falta que le recuerde hoy aquí, la retahíla de titulares que han protagonizado en las últimas semanas desde la apertura del curso universitario. Los excesos han llegado a tal punto que la Universidad, en una decisión ejemplar y con pocos precedentes, ha tenido que expulsar de forma cautelar a 75 alumnos.

    Los jóvenes no son los culpables de todos los rebrotes ni de todos los contagios, faltaría más. Pero sí han conseguido ponerse en el foco con la única excusa de mantener su ocio expansivo a costa de la tranquilidad de otros muchos. Y eso es profundamente egoísta. Si el virus les atacara más a ellos, los mayores serían infinitamente más generosos. Ese es su primer error, el segundo es sentirse impunes. La inmunidad por razones de la edad les puede librar del contagio o de una mayor carga viral. Pero la gran mayoría de ellos va ser víctima de los efectos secundarios que ya está sufriendo la economía por culpa de esta pandemia.

    En los últimos doce años hemos sufrido dos grandes crisis económicas. La primera, la de 2008, ha tenido unas consecuencias devastadoras para las expectativas de millones de jóvenes. Nuestra tasa de paro juvenil es hoy un indecente 40%, más del doble de la media europea, y los que encuentran una ventana en el mercado laboral lo hacen a costa de contratos temporales, salarios bajos y condiciones precarias. La segunda crisis, la de ahora, puede ser más o menos acusada dependiendo del tiempo que el maldito virus conviva con nosotros. Cuanto más dure, perores serán los efectos en el mercado de trabajo y en su horizonte de oportunidades. Y ahí es donde entran todos los que a día de hoy están en la Universidad.

    Por eso, se equivocan de forma abismal quienes se creen protegidos del virus por su juventud. Ser joven puede ser un tesoro, como decía el verso de Rubén Darío, pero también es una cuestión de tiempo como recordaba después. ¡Ya te vas para no volver!, dice en su poema.

    Deberían pensarlo bien los que estos días la convierten en un divino desdoro. Pueden estar hipotecando aún más su futuro y estropeando el presente de los demás.

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