31 enero 2023
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Juguetes

05 dic 2022 / 03:00 H.

    Crecí jugando con cocinitas y muñecas de Famosa que se dirigían al portal, pero no por ello me convertí después en ama de casa con la pata quebrada. Mi Nancy tenía un uniforme de enfermera y un vestidito de flamenca, pero mi carrera profesional como periodista supera ya el cuarto de siglo y les puedo asegurar que jamás en la vida he sentido, ni siquiera de lejos, el impulso de arrancarme por soleares. Mis hermanos jugaban con el avión de los Airgam Boys, pero la más viajera de los tres, con mucha diferencia, he sido siempre yo, la única a la que se le metió en la cabeza hablar otros idiomas o trabajar en otros países, la que se ha ido dejando la vida en los aeropuertos. Nunca tuve un coche de pedales, pero hoy soy feliz al volante y me fastidia bastante el radar que me impide pisar el acelerador como a mí me gustaría en las rectas camino de Golpejas.

    En la calle, con mis amiguitas, salté a la comba cantando soniquetes sexistas que categorizaban la existencia femenina con la misma falta de tino con los que cataloga hoy el gobierno los tropemil tipos de familias. “Quisiera saber cuál es mi destino”, entonábamos a coro antes de acelerar la cadencia de giro de la soga, para repetir a continuación una y otra vez, tan rápido como éramos capaces, la limitadita lista de posibilidades. Hasta perder cuerda: “monja, casada, soltera, feliz enamorada...”. Pero yo más tarde tracé mi propio camino sin responder a ninguna de aquellas estrechas etiquetas. Porque los niños son pequeños, pero no tienen por qué ser necesariamente tontos. Los juguetes no componen ni certifican guiones de vida, son más bien excusas comerciales, tiernas muestras de cariño y sobre todo puntos de Arquímedes sobre los que la imaginación de los niños se apoya para mover el mundo en espirales de fantasía y realidades poliédricas que a los adultos, felizmente, nos superan.

    Lo que más diferencia a mi generación de los actuales niños, de hecho, no es la calidad inclusiva o igualitaria de los juguetes con los que ahora juegan, sino su cantidad. Nosotros con uno o dos íbamos apañados hasta los siguientes Reyes. Eso significaba que la mayor parte de nuestros juegos no los focalizaban los objetos, sino los otros niños del barrio o del pueblo, en grupos no sometidos al encorsetado y miope diseño paterno. Seguramente fue así como desarrollamos las habilidades sociales y la capacidad de iniciativa necesarias para no dejarnos traumatizar por unas cocinitas empaquetadas en color rosa. Y lo que más aleja nuestra infancia de la de estos pobres niños de ahora es sin duda la libertad. Nosotros tuvimos la suerte de jugar libremente, felizmente ignorados, sin que sociólogos del pesebre estatal, educadores malpensados o pedagogos de tres al cuarto vigilasen y juzgasen cada una de nuestras ocurrencias y reacciones. Nadie nos llevaba al parque. El parque era el mundo y solo terminaba allí donde nos cansábamos de pedalear en la bici. Los adultos tuvieron el acierto de dejarnos hacer a nuestro propio criterio nuestro trabajo, que no era otro que el de jugar.

    Solo vistos con las orejeras de los adultos pueden ser los juguetes malos. Nunca desde la mirada limpia, abierta y con afán de descubrir de un niño. Los juguetes son del color del ojo que los mira. Desde esa óptica retorcida del determinismo de los juguetes, habría que prohibir el Monopoly, que educa en el capitalismo despiadado y salvaje. Pero, sinceramente, no creo que comprar la Gran Via y poner hoteles cultive en la vida real la vocación de agente de desahucio. Tampoco creo que nadie quede abocado a planear el asesinato de Felipe VI por mucho que haya jugado en su infancia al ajedrez. Ni me consta que Ugur Sahin, el descubridor de la primera vacuna contra el coronavirus, jugase nunca a Quimicefa. Qué más quisiéramos que bastase con regalarle al niño un xilofón para que nos saliese un Mozart.

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