08 marzo 2021
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¡Inquieto todo el mundo!

    Tejero gritó “¡Quieto todo el mundo!”, y allí no se movió nadie, salvo un soldado insigne, Gutiérrez Mellado, pretendiendo que aquel lunático con pistola, le obedeciera. A los cuarenta años de “aquello”, no es la quietud, sino una grave inquietud la que nos corroe. Mas que un simple desasosiego es una alarma transversal. No hay persona física o jurídica, que no esté de los nervios. Y es que se han solapado la devastadora pandemia, y el vandálico gobierno de Atila Sánchez. Tras él tardará mucho en volver a crecer la hierba del tranquilo vivir, la pacífica convivencia, la salud económica y el empleo. El sanchismo, conchabado con el neo-comunismo, está logrando, en tiempo récord, asolar España, como se lamentaba Mejías del Tenorio (“imposible la hais dejado para vos y para mí”).

    En un sinvivir los mayores, aún sin vacuna y amenazadas sus pensiones; de los nervios los jóvenes, porque no tienen ofertas de trabajo dignas; en medio, quienes nacieron en democracia, musitando ya el orteguiano “no es esto, no es esto”; los nietos ignorando que serán degollados (con retraso), porque les tocará pagar las deudas de este gobierno manirroto. Solo conocen la prosperidad las empresas funerarias y farmacéuticas. Dan ganas de imitar a Nerón pidiéndole al jefe de su guardia pretoriana, Tigelino, el vaso de lágrimas. Aunque aquí y ahora, “¿quién no tiene una joroba y un gran saco de lágrimas?”, como sostenía León Felipe.

    El “tejerazo” del ¡todos quietos!, fue una chapuza que no acabó en tragedia gracias al ayer ausente don Juan Carlos I, cuya “firmeza y autoridad” fueron justamente recordadas por Felipe VI en la paupérrima efeméride del Congreso de Diputados. El “sanchismo” de ¡todos inquietos!, es una inconfesada pero sostenida deconstrucción de España. Aun echando primero a Iglesias y luego a él, sufriremos consecuencias sociales, económicas, y políticas incalculables. No hay que ser un lince para advertirlo. Entonces ¿qué? ¿Saben que tenemos medios para evitarlo, no solo votando? ¿Va usted a seguir calladito hasta que le lleven al huerto? Eso es quietud frente a la inquietud ciudadana, paralizarse contemplando el estropicio. La libertad se conquista - y se conserva -, defendiéndola. Se llama “patriotismo constitucional”. Por eso, frente a los canallas, le invito a que grite conmigo ¡Viva la Constitución!

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