17 abril 2021
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Hacer cola o colarse

23 ene 2021 / 03:00 H.

    Cuando solo existían Adán y Eva no había colas. Bueno, la de Adán, pero no me refiero a esas colas, sino a las que ahora tenemos que hacer para todo -—desde hoy para solicitar ayudas directas a la Junta—, hasta para morirnos. En Alemania he visto en la televisión la de cadáveres para acceder al horno crematorio. Nuestras colas por excelencia hoy son las del hospital, el hambre y la vacuna. Las de Cáritas, Cruz Roja, Banco de Alimentos, comedores sociales, se están aliviando con la eficacia que demuestran tales instituciones. Impiden que haya harapientos, y atendiendo con prontitud a los colistas, evitan que se salgan de la fila y vayan en tropel a tomar la Moncloa, como históricamente hicieron las turbas de desheredados de la fortuna con la Bastilla y con el Palacio de Invierno.

    España es veterana en hambrunas. La sufrió durante la guerra incivil; las republicanas “píldoras del Doctor Negrín” (lentejas); luego el año del hambre (1940, del que quedamos algunos), cuando no había cosecha de cereales —pero llegó trigo argentino—, porque los mozos se habían estado matando en las trincheras; ni carne, porque hasta los perros y gatos —sin olvidar las reses bravas—, se habían devorado en los frentes y sus retaguardias. Los que ya nacieron en democracia no sufrieron como sus padres las cartillas de racionamiento y el estraperlo, ni necesitaron de “Auxilio Social”, ni “vales de la doctrina” (católica) que repartían en los Colegios y parroquias para recoger leche en polvo o el queso enviados por EEUU. Con el desarrollismo franquista y el crecimiento económico de las últimas décadas, nos habíamos olvidado de aquellas históricas colas. Salvo las de coger los billetes de los toros, las entradas para el concierto de Serrat, la carta de embarque en el aeropuerto. Paco Umbral se inventó “la cola del pan”, como oportunidad de observación y reflexión, que luego transmitía magistralmente en sus columnas. Algunos recordarán a un presidente del Gobierno haciendo cola para comprar el pan en su pueblo, Villalba (Lugo), en “bermoldos”, término acuñado - creo que por Forges en sus formidables “forgendros”-, para describir los pantalones bermudas de Leopoldo Calvo Sotelo.

    Las que podemos llamar colas eclesiales, nunca fueron obligatorias. Si no querías besar los pies del Cristo de Cabrera, o el de los Milagros, en sus fechas tradicionales, pues o no ibas o lo hacías solito cualquier otro día, que la indulgencia o la gracia digo yo que serían las mismas. Si no querías ponerte a la cola del pésame a la familia tras el funeral, digo yo que la condolencia se mantendría y te marchabas. Salvo que quisieras exhibir tu dolor y mortificar a los deudos, como hacía un personaje local, ensaimada en lo alto, con tantos pujos de caballero como desvergüenza. Era de esos pícaros que creen que las colas son para saltárselas. Conjugaba hábilmente el verbo colarse, sobre todo cuando el difunto era de esquela grande. Llegaba a misa acabada, se infiltraba a codazos en la cabecera, abusando de la buena educación de los demás, y encima manoseaba a los pobres familiares uno por uno, frenando el discurrir natural de la fila india. Contribuyó a provocar lo de ahora, que tras el oficio fúnebre, alterando una tan vieja como discutible costumbre, el cura advirtiera : “La familia agradece mucho...pero ruega que no pasen...”

    En fin, también hacían colas interminables los magrebíes que atravesaban la Península para tomar el ferry con destino al Norte de África. Y poco mas. Como no había aparecido aún Pablo Iglesias con su cola de caballo, ni las rastas de algunos conmilitones, la cola era el engrudo, la del león o la de merluza, la Coca Cola, el Cola Cao, o para pagar en el Supermercado. Pero con las tres olas de pandemia que llevamos, han vuelto las inhumanas colas. Y no “prietas las filas” (de aquella vieja canción falangista), que permitían charlar y cotillear con el de delante o la de detrás, sino guardando distancias. La ventaja actual es que si no tienes varices ni problemas para permanecer erguido, con el móvil para todo se hace menos ingrata la espera.

    ¿Que pase el primero?. Tururú. ¿Han visto ustedes en las colas de vacunar a algún político?. Para dar ejemplo, los hay que han recibido la primera dosis ante la televisión. Pero ha habido otros listillos – “usted no sabe con quién está hablando” -, que ni han hecho cola, ni están en las listas de espera. Alcaldes y otros cargos, de distintos partidos políticos (y alguna conviviente), han aprovechado dosis destinadas a sanitarios y ancianos, con lo que es posible que con el retraso alguno se contagie. Cabrones.

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