15 octubre 2021
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Haced lo que digo

15 jul 2021 / 03:00 H.

    Esquilache (1699) era, como decía Cervantes, un hombre que sabía mucho porque había viajado mucho y había leído mucho. Cuando Esquilache vio el deplorable estado de la villa madrileña se propuso modernizarla con nuevas calles, limpieza, alumbrado, jardines y alcantarillado. Fue una suerte de Plan E, libre de la caspa zapatera, para convertir el Madrid de la corrala y la montera en un París luminoso. El hombre, en algún momento de las reformas, se vino arriba y mandó publicar una Real Orden en la que se prohibían ciertas indumentarias proclives al asalto y la emboscada. Nadie le advirtió de que, con los problemas que tenía aquella España —vaya casualidad, eran los mismos que tenemos ahora— el hecho de que un italiano le dijese al personal cómo tenía que vestir sería la chispa que haría explotar el polvorín. (Después, los autóctonos, aceptaríamos la moda de los europeos pero eso es otra historia).

    Hace unos sesenta años las élites que nos dirigen -y no me refiero a nuestros mononeuronales gobernantes patrios- empezaron a atisbar las cimas de un lejano problema. Si la humanidad seguía creciendo, de la misma manera en que lo hacía, en un puñado de décadas acabaríamos con los recursos naturales del planeta.

    Trazaron un plan.

    En favor del buen rollista ecologismo nos convencieron de separar nuestro propio guano; desecharon proyectos que generarían riqueza y trabajo, como ha ocurrido con el de Berkeley en Retortillo; gravaron con onerosos impuestos el precio de los combustibles, penalizaron el uso del coche e impusieron restricciones a los vehículos que más consumieran convenciéndonos, al mismo tiempo, de lo guays que son los autos a pilas o, directamente, movernos en patinetes. Además, como tener una casa digna y una amplia prole consume recursos, nos adoctrinaron para vivir en zulos infectos, y nos facilitaron un amplio espectro de anticonceptivos y ayudas al aborto para copular como conejos sin el engorro de traer camadas

    El último globo sonda lo lanza el Che Garzón. Este comunista de pacotilla, enchufado como ministro de Consumo (que es algo así como dejar al zorro al cuidado del gallinero), nos dice que hay que consumir menos carne. Qué flema se gasta el pájaro.

    Deben de querer que estemos sanos para pagar impuestos hasta que reventemos de viejos en nuestro puesto de trabajo.

    Es el mismo cuento de siempre. Esta gentuza nos dice cómo tenemos que vivir pero ellos son los primeros en subirse a un jet privado, veranear en paradisíacas islas vírgenes y zamparse los chuletones de Salt Bae mientras el pueblo -ese por el que tanto cacarean luchar- se conforma comiendo larvas de cucarachas.

    Yo no pienso seguirles el juego. Voy a comer más morucha, a prolongar la vida de mi viejo coche, a consumir lo estrictamente necesario, a pagar en efectivo, a jubilarme antes —aunque cobre menos— y a colaborar lo mínimo posible en mantener a flote esta patraña.

    El mundo se está convirtiendo en un lugar hostil para vivir.

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