24 septiembre 2020
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Golpe de Estado vertical

13 ago 2020 / 03:00 H.

    El comunismo es la doctrina más peligrosa que ha maquinado la mente humana. Es tan perversa, tan macabra en sus formas, fines, razones y métodos que me atrevería a decir que es autoría del mismísimo maligno.

    En ocasiones me pregunto si sería posible un nuevo golpe de Estado en España. La respuesta que me doy es un sí rotundo -y mis temores, con el tiempo, se van acrecentando-. Pero tal revuelta no conllevaría un conflicto como el que sufrimos hace ochenta y cuatro años. Sería algo distinto.

    Ese hipotético -y espero que en eso quede- levantamiento no lo ejecutaría un ejército que buscase derrocar la democracia; sería el propio poder ejecutivo el que, valiéndose del ejército, daría un golpe de Estado vertical.

    A día de hoy es imposible que nuestros generales se subleven. La organización logística y la suma de voluntades que serían necesarias para que los tanques tomasen el Congreso harían que un golpe de Estado fuera irrealizable. Al igual que pasó en el 78 con la Operación Galaxia el motín sería desmantelado por nuestros espías antes, incluso, de que se urdiese.

    Pero, ¿y si el golpe de estado es ejecutado por el propio Estado? ¿Y si es el Gobierno el que decide derrocar a la democracia que le dio el poder? Esto no es imposible.

    Los regímenes comunistas adolecen de un patrón de conducta que los hace muy predecibles y es que su conservación depende del sometimiento violento del pueblo. Cuando se sienten atosigados reaccionan como un animal malherido: dando peligrosas dentelladas. Sin el músculo armado el régimen comienza a tambalearse. En 1975 el comunista Pathet Lao derrocó al gobierno monárquico; Mao Zedong, presidente del Partido Comunista de China, se impuso tras una guerra civil; Fidel Castro en Cuba; Kim Il-sung en Corea del Norte; la Revolución rusa... El comunismo se engalana de rojo por la sangre que derrama.

    Estas últimas semanas nos está llegando la onda expansiva de una demolición silenciosa que comenzó hace años: la voladura controlada de la Monarquía. Felipe VI es el Jefe del Estado y el mando supremo de las Fuerzas Armadas. La existencia de la Corona no es trivial. Sin Felipe nadie podría impedir que un gobierno déspota pudiera utilizar a los ejércitos para reprimir a la población civil y perpetuarse sine die en el poder. O dicho en otras palabras: nuestro Rey es la garantía de que mañana no tengamos que vernos obligados a aplaudir a algún infesto vicepresidente con ínfulas de dictador por miedo a que, de no hacerlo, nos ejecuten de un tiro en la nuca.

    Las facciones independentistas, nacionalistas y, en general, las ligadas a la izquierda tienen algo en común: no tienen reparo alguno en manifestar públicamente su deseo de volver a la república. Por algo será.

    Y es que no es una república lo que quieren sino hacer de España su propia heredad.