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Sólo es agua. Abrir un grifo y saciar la sed,o cocinar, o bañarse. Gestos cotidianos en los que nunca reparamos porque no ponemos en duda el recurso que los genera. Pero a veces el agua no mana, o no con la calidad suficiente y sólo entonces su ausencia toma su verdadera dimensión, capaz de condicionar la cotidianeidad hasta convertirla en un verdadero engorro. Y da la sensación de que el problema está enseñando sólo la patita.

Con motivo de las últimas elecciones municipales, entrevisté a Arturo de Inés, el más veterano de todos los alcaldes de Salamanca (y Castilla y León) con 44 años al frente del Ayuntamiento de Villaseco de los Reyes. En esa amigable charla, le pregunté cuál entendía que podía ser su mayor logro para el pueblo y la respuesta fue inmediata, escueta y certera: el agua. Eso fue hace décadas, pero Arturo, con la visión preclara que dan los años, sabe que lo importante se construye a partir de lo imprescindible.

No es necesario entrar en tópicos científicos para argumentar la importancia de la suma de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, bien claro lo tienen los vecinos de todos los pueblos afectados por la contaminación con plaguicidas del embalse de La Almendra.

Su rutina diaria ha cambiado radicalmente e incluye un inesperado paseo, garrafa en mano, hasta el camión cisterna que les suministra. Algunos llevan varias botellas porque los vecinos más mayores ya no pueden cargar tanto peso. Ellos son los únicos que recuerdan lo que significa no tener un grifo con agua corriente.

Cierto es que la situación ha sobrevenido tras la decisión de la Unión Europea de bajar los límites permitidos de contaminación por fertilizantes o pesticidas, pero lejos de señalar a Bruselas para encontrar culpables, sería más recomendable preguntarnos qué tipo de agua queremos beber y cómo se puede mejorar su gestión.

Los ayuntamientos, con sus escasos recursos, asumen su incapacidad para contrarrestar el problema, y tiran de parches, más o menos subvencionados por el resto de las administraciones, pero el cortoplacismo desbocado de la sociedad actual no puede eclipsar la verdadera dimensión del problema.

No hay suficiente agua, y la que está disponible en los acuíferos alcanza, cada vez más, unas cifras de contaminantes (nitratos en su mayoría) que obligan a prohibir o limitar su consumo.

Lo que está en juego es la salud, y esa es la disyuntiva a la que nos enfrentamos: ¿cómo mejorar la salubridad del agua sin perder competitividad en el campo? No parece fácil.

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