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Opinión

Sin cámaras, señor juez

Begoña Gómez se siente desprotegida y pide a su señoría que no la graben como a las personas normales, porque no lo es

Jueves, 4 de julio 2024, 05:00

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La mujer del César Sánchez, además de ser o no ser honesta, debe parecerlo. Y ya se sabe que para parecer lo mejor es no aparecer. Por eso Begoña Gómez le ha pedido al juez que mañana apague la cámara, para no aparecer ante el público cuando le toque declarar como investigada por tráfico de influencias y corrupción en los negocios. Así nadie podrá verla pasando apuros para explicar el feo asunto de sus negocios a la sombra del poder.

A Mariano Rajoy, siendo presidente del Gobierno, le tocó declarar por la Gürtel frente a las cámaras, y lo hizo como testigo, no como investigado, pero la imagen de Begoña tiene mucha más relevancia, porque ella lo merece.

La desdichada presidenta consorte asegura que no sabe qué asuntos le están investigando ni por qué y se siente indefensa. Pero el auto del juez Peinado dice lo que dice, que la miga está en los contratos públicos concedidos a su socio Barrabés, una parte con fondos europeos, en el rescate de Globalia, la cátedra sin ser catedrática, el máster que pagaban empresas públicas y la aplicación de la Complutense que puso a su nombre.

Asuntos que huelen mal, pero nada comparable a los cientos de millones de euros que 'despistaron' sus camaradas del PSOE de Andalucía que ahora están saliendo en tromba de prisión gracias a los desvelos del muy Cándido Conde Pumpido. Así que Begoña Gómez no tiene nada que temer. Que explique todo lo que pueda explicar, que calle si no lo ve claro, y que confíe en la inmensa magnanimidad del Tribunal Constitucional si por un casual es condenada por tráfico de influencias o corrupción en los negocios. Lo que no sea indultable de inmediato por parte de su marido lo será más tarde por parte del amigo de su marido, que aquí todo queda entre amiguetes.

El Gobierno en pleno, el partido (lo que queda de él), la fiscalía, el TC, los medios de comunicación públicos y los afines al sanchismo están al servicio de su defensa. El juez debería estar temblando.

En fin, que el asunto de Begoña es de lo más especial. Entre otros motivos porque estamos ante la única representante del mundo de la empresa privada apoyada por el Gobierno. El sanchismo odia a los empresarios en general y de uno en uno, como corresponde a la ideología neocomunista que ha enterrado a la vieja socialdemocracia del PSOE. Recordemos cuando el ministro Solchaga alardeaba de que España era «el país europeo donde es más fácil hacerse rico». Ahora a los empresarios les sacuden por todos lados. La ministra chupiguay Yolanda Díaz, que llegó al departamento de Trabajo disfrazada con piel de cordero dialogante, se ha vestido ahora de lo que siempre ha sido, un lobo que considera «El manifiesto comunista» de Karl Marx «un texto fraternal, una carta abierta a la humanidad y a las clases trabajadoras».

El último palo a las empresas es la imposición del recorte en la jornada laboral, que eliminará de un plumazo doce millones de horas de trabajo semanales en España. Es la estrategia neocomunista para levantar el país: trabajar menos y a los que se vayan al paro ya se ocuparán ellos de darles de comer.

Con tanto subsidio y tanta ayuda de papá Estado, no es extraño que mucha gente no quiera trabajar. O que solo quiera trabajar a ratos y de vez en cuando. Estamos batiendo récords de afiliados a la Seguridad Social, pero las horas trabajadas siguen por debajo de las cifras prepandemia. En Salamanca no hay forma de encontrar camareros y cocineros desde hace varias campañas. Ahora tampoco hay mecánicos, ni carpinteros o conductores de camión. Pero ya saben, España va como un tiro (en la nuca).

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