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CONVERSACIONES CON CIRO BLUME

El maquinista de la general

Todos los autores que escriben del 11M llegan a la misma conclusión. Sin embargo, ninguno se atreve a desvelar el nombre del verdadero culpable

Jueves, 14 de marzo 2024, 05:30

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La historia del 11M rechina como el sonido agrio de los herrajes de una noria. Adolezco de la mala costumbre de leer todos los libros que se han escrito sobre el atentado. El último ha sido el de Lorenzo Ramírez. Se titula «Las claves ocultas del 11M». Les aseguro que todos los autores llegan a la misma conclusión. Sin embargo, ninguno se atreve a desvelar el nombre del verdadero culpable. Recuerden que el mismo juez de aquella farsa jurídica llegó a decir que los españoles no estábamos preparados para saber la verdad. Bueno, pues les juro que servidor es español, muy español, y que después de veinte años estoy más que preparado, por muy grave que sea, para saber con detalle lo que está más claro que el agua.

Curiosamente, jamás he encontrado un libro que desmonte las teorías de estos autores. Y ahora nos dice el juez Gómez Bermúdez, el gran preservador de la salud mental de los españoles, que sería muy difícil rebatirlas. Digo yo que, tal vez, dicha dificultad radique en el hecho de que sean absolutamente ciertas. Desde luego, nadie ha salido públicamente a discutir, una por una, las tesis que estos escritores han mantenido como verdaderas en sus obras respectivas. Sólo se atreven a decir que todo es fruto de la «teoría de la conspiración», y ahí muere todo su argumentario.

Recuerden que este concepto fue acuñado en Estados Unidos después del asesinato del presidente Kennedy. Tuvo tanto éxito que aún hay gente que señalan a Oswald como el asesino de aquel hombre. Incluso todavía se producen documentales tratando de demostrar su culpabilidad. Sin embargo, no hace falta tener dos dedos de frente para saber que aquel magnicidio fue un golpe de estado en toda regla. Y todo porque Kennedy había decidido retirar las tropas de Vietnam. Una medida que acababa con el negocio multimillonario de las armas. «Ustedes manténganme en el poder y yo les daré su maldita guerra», les dijo Johnson a los magnates de la pólvora después de jurar el cargo.

El mundo es un negocio y el que no entienda la historia desde este punto de vista jamás tendrá una idea clara de por qué sucede lo que sucede. España, obviamente, es otro negocio y ese es el motivo de que los socialistas busquen el poder desesperadamente, ya que el poder es el camino que lleva al paraíso terrenal de Ábalos y sus muchachos, a los placeres moulinex del Tito Berni y a la gloria empresarial de Josefina de Beauharnais.

Las huestes progresistas, allá por los albores del milenio, llevaban ocho años sin probar los turrones de Casa Mira y las encuestas les auguraban cuatro años más de abstinencia sexual, privación de mariscadas y de nuevo ir a dormir bajo el Puente de los Franceses, ay Carmela. De manera que no se les ocurrió otra cosa que aliarse con el diablo. Zapatero realizó cum laude un cursillo acelerado de maquinista de La General, Rubalcaba terminó un máster de publicista benimerín y a Iñaqui Gabilondo, el ecuánime, le otorgaron la potestad de bendecir desde el balcón pontificio de la SER, urbi et orbi, la victoria electoral más explosiva de la historia de España.

Por cierto, el señor Gabilondo aún no nos ha revelado la marca de calzoncillos que llevaban los suicidas islamistas ni tampoco se ha tomado la molestia de explicar la destrucción policial de las pruebas del atentado. A no ser que se encuentre en estos momentos escribiendo el libro definitivo que desmonte los desvaríos estrafalarios de los autores «conspiranoicos». Pero ya verán ustedes cómo ese libro nunca verá la luz del sol. A no ser que se lo encarguen a Paul Preston, quien suele hacer malabarismos con los hechos más evidentes de la Historia. Sería capaz de demostrar que Josefina nunca trabajó de logrera en la conquista de Europa. Por ejemplo.

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