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CONVERSACIONES CON CIRO BLUME

Doña Leopoldina y la inteligencia artificial

Jueves, 25 de mayo 2023, 05:00

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Acabo de leer en uno de esos suplementos semanales llenos de color una noticia esperanzadora. Los chinos acaban de inventar la Inteligencia Artificial. No me extraña en absoluto que un pueblo con una cocina repleta de insectos crujientes haya salido tan artificialmente listo y aplicado. Pero yo sé dónde y cómo empezó todo esta vaina y voy a revelarles el secreto gastando un poco de mi libertad de expresión.

La cosa comenzó a fraguarse por los cincuenta en el burdel madrile-ño, calle Barbieri, de doña Leopoldina. Todos los divanes estaban tapizados con seda roja y las cortinas caían como cascadas de terciopelo en tonos verdes de primavera. Entre otros muchos, tres escritores solían visitar aquella casa con cierta frecuencia: Hemingway, Álvaro Cunqueiro y don Agustín de Foxá. Hemingway, que era monógamo sólo en materia de man-flas, tenía fijación por una loba de muy buen ver que se llamaba nada menos que Xenofobia. Los otros dos, don Álvaro y el conde, mejores escritores que el americano, se mostraban más propicios a la variedad del catálogo y les valía cualquier mesalina con tal de que, antes de vísperas, se hubiera dado un baño con sales de lavanda y otras flores del paraíso.

Doña Leopoldina, que era de La Habana, ganaba tanto dinero que se volvió codiciosa y soñaba con embolsarse mucho más. Entonces se le ocurrió pedir al electricista de la casa, un tipo de Kentucky que se llamaba George, que inventara un robot con curvas de mujer para aligerar las urgencias de la clientela que aguardaba en la calle. Un robot que incluso dijera las picardías que cualquiera de sus chicas y, sobre todo, supiera cálculo infinitesimal por aquello del cobro. Ese fue, querido lector, el momento en que aquel electricista de Kentucky, un iluminado, y otros catedráticos del Barrio Chino se pusieron en marcha con el fin de inventar una jai con inteligencia artificial, reflejos del Caribe y aromas de «Mon Guerlain de Guerlain». Sin embargo, doña Leopoldina no logró ver en vida lo que le pidió al electricista ni tampoco el electricista llegó a ver terminada su gran obra humanitaria. Han tenido que ser los chinos, supongo que para compensar lo del virus, quienes hayan conseguido un invento tan crucial para la felicidad del género humano. Ese robot con inteligencia artificial y armas de mujer es el último grito de lo que José Luis Molinuevo, nuestro gran filósofo salmantino, llamaría «humanismo tecnológico». La ciencia, por fin, decidida a ponerse al servicio de los instintos más elevados del hombre, como habría querido Wittgenstein. De modo que en los burdeles de todo el mundo las chicas ya pueden ser sustituidas por una cosa mucho más higiénica, feminista y con perversiones digitales a precios asequibles. Incluso podría establecerse una tarifa especial para los amigos del Tito Berni y demás socialis-tas, tan proclives a gastarse las mordidas en quintales de cocaína rosa y en dar a sus cuerpos alegría Macarena.

Se podría ampliar el invento a la clase política. Por ejemplo, si la señora Úrsula von der Leyen fuera un robot con inteligencia artificial ya estaría al tanto de lo que suelen hacer Sánchez y sus «griñanes» con los doblones que vienen de las arcas europeas, porque aquí las nuestras hace tiempo que se vaciaron en el gran agujero negro del despilfarro socialista. Más le valdría a doña Úrsula, esa Heidi de Bruselas, en vez de poner ojitos de gitana al Pedrito de la Moncloa, enviar a los señores de negro para que le revisen los libros de contabilidad, no vaya a ser que el pájaro utilice los fondos para financiar a su partido, ganar las elecciones y volver a dar a los españoles por el mismísimo camino de Swann.

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