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CONVERSACIONES CON CIRO BLUME

El difunto Rubiales

Con tu chulería has despertado nada menos que a toda una legión de arpías hambrientas y sedientas de sangre, cuanto más masculina, mejor

Antonio Civantos

Jueves, 31 de agosto 2023, 05:30

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No me jodas, Rubiales, primero te acomodas el mobiliario de la entrepierna y después nos dedicas una exhibición a lo Casillas con un beso tan pasado de moda como fuera de la ley. Lo siento, chico, pero te has metido en un jardín repleto de sombras. Desde luego, no se trata de uno de los jardines de Babilonia. Ni tampoco del añorado jardín del Edén. Y, por supuesto, está muy lejos de parecerse al jardín de las delicias del Bosco.

Por desgracia, Rubiales, esos parterres que has pisado con tanta frivolidad pertenecen, nada menos, que al jardín perfumado de las víboras. Te aseguro que con tu chulería has despertado nada menos que a toda una legión de arpías hambrientas y sedientas de sangre, cuanto más masculina, mejor.

Por Dios Santo, ¿pero cómo se te ocurre hacerle frente a la marabunta del feminismo? Perdona que te diga, pero lo primero que tuviste que hacer, después de aquel besuqueo tan insensato como defectuosamente vertical, fue poner sobre la mesa el folio de la dimisión, además de pedir perdón de rodillas y, a mayores, solicitar el ingreso en un monasterio trapense para purgar tu pecado a punta de cilicio. Tal vez así, alguna papisa accediera a concederte un par de indulgencias plenarias.

Sin embargo, Rubiales, por mucho que reces, estás muerto. Muerto y bien enterrado.

Ha sido un linchamiento eutanásico en toda regla y televisado hasta la saciedad, además del espectáculo de algunos amigos tuyos succionándote las yugulares como vampiros de Transilvania. Sin hablar ya del silencio clamoroso de las derechas, que es como aludir al silencio de los corderos.

Rubiales, amigo mío, se acabó lo que se daba. Se terminó tu carrera de autoridad competente. Se difuminaron en el aire tus correrías mesiánicas por los palcos de este mundo. También debes decir adiós a tus sueldos millonarios y a tus devaneos financieros con el Piqué y sus campos petrolíferos.

Y todo por no conocer las normas más elementales de urbanidad, dignidad y gobierno. Además de por no saber quién demonios corta el bacalao en este mundo. ¿Es que acaso no has visto con la ferocidad que juegan al fútbol esas dulces y púberes canéforas? Pero si parecen los tanques del general Rommell avanzando en el Alamein.

Tu pecado, Rubiales, no es sólo que adolezcas de una total falta de elegancia, sino el hecho de no prever que, al defenderte tan categóricamente, habrías de enfrentarte nada menos que a la «Cavalleria Rusticana» y al rugido exterminador de la «marabunta», mucho más temible que el del león de la Metro. Porque a esa «marabunta» contra la que lucharon Charlton Heston y Eleanor Parker, una gran señora de otro tiempo, no estaba formada por un ejército de hormigas como se dijo, nada de eso, sino por una horda de feministas que manejaban armas de destrucción masiva.

La misma horda que acaba de llevarse por delante tu vida, Rubiales, y posiblemente la de tu familia. Lo siento, amigo mío, pero tu nombre ya forma parte de la lista de machistas caídos por Dios y por España. Mucho más numerosa que la de bajas en la batalla de las Ardenas.

A mediados del siglo XX vivía en Madrid un poeta satírico, Manolito el Pollero, que solía ir al Café Varela en busca de víctimas para sus epigramas. Ahora en el Varela sólo entran turistas y el fantasma de Emilio Carrere, que necesita beber absenta en la copa de Verlaine. Manolito el Pollero, uno de esos coñones que escribía con la pluma mojada en estricnina, se inventó unos versos para celebrar el fracaso de Fernando Lázaro Carreter en su debut teatral.

Pues bien, con el permiso de ustedes, y para terminar, me he tomado la libertad de adaptarlos al caso mortuorio que nos ocupa. Dicen así: «Cristo a Lázaro en buena hora // lo levantó en un instante. // A este Rubiales de ahora // no hay Cristo que lo levante.

Descanse en paz.

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