15 octubre 2021
  • Hola

Esa inquietante sensación

04 sep 2021 / 03:00 H.

    Desde hace un tiempo padezco una inquietante sensación. Esta desazón me acecha cuando pienso en las trabas que existen para usar nuestros viejos coches debido a que contaminan demasiado, mientras los billonarios se pasean en cohetes, y países como China o India se limpian la bisectriz con los acuerdos de emisiones; cuando pago gusto y gana por una energía que países vecinos, casi tercermundistas, consumen a precio de coste sin que les importe cómo se obtiene o cuánto contamina; cuando veo cómo se demoniza la figura del hombre blanco heterosexual, persiguiéndole con leyes que vulneran todos los principios de inocencia, y, al mismo tiempo, se justifica a las culturas que lapidan a las mujeres y ahorcan a los homosexuales; cuando docentes hastiados me comentan que nuestro sistema educativo se está transformando en una aberración en la que el mérito de los estudiantes más esforzados tiene el mismo valor que las calificaciones de los gandules, que las matemáticas son retorcidas y violadas a placer hasta convertirlas en propaganda adoctrinadora del sistema, que el castellano se torpedea y que pelarse la sardina acabará siendo materia troncal; cuando me exhortan a no comer carne sino grillos, larvas y cucarachas mientras que los mismos que me lo dicen piden un segundo de langosta y lechazo; cuando veo que embargan con deuda el futuro de todos nosotros, y los que nos embargan no se bajan de sus aviones privados ni hacen el mínimo esfuerzo para recortar los gastos de amigos a los que, a dedo, enchufan en la administración; cuando nos insinúan que tendremos que jubilarnos a los ochenta con la mitad de pensión, mientras le dan pagas y viviendas a terroristas, delincuentes y separatistas; cuando estoy en la delegación de Hacienda, pagando mis impuestos, y miro a mi alrededor y no veo ninguna tez morena ni escucho un solo acento exótico; cuando veo que con esos mismos impuestos que pagamos se sufragan abortos y se incita al suicidio mientras que, por otro lado, se mantienen las camadas de aquellos que no han cotizado ni una jornada; cuando me entero de que un trabajador incompetente, que aspira a un puesto, parte con ventaja frente a uno competente por el simple hecho de pertenecer a un supuesto colectivo oprimido; cuando veo a los atletas arrodillarse, pidiendo perdón por delitos que no han cometido; cuando un anciano es encadenado y tirado a un calabozo por defenderse de los ladrones que asaltaron su casa, mientras quienes se instalan ilegalmente en las casas ajenas son seres intocables; cuando amenazan a los padres con segregar a sus hijos, e incluso quitarles la patria potestad, si no son vacunados. Es entonces cuando el pecho me empieza a palpitar y la inexorable sensación de que me están tomando por un auténtico gilipollas se apodera de mí.

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