26 enero 2022
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En femenino plural

29 nov 2021 / 03:00 H.

    Andaba yo en esa brega del ‘cómo abordar’ el Día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer en mi columna de hoy, cuando la casualidad me llevó a toparme con las estampas ‘Femeninas’, más lígrimas y salmantinas, que escribiera Luis Maldonado de Guevara (el que fuera jurista, escritor, diputado, senador y rector de la Universidad de Salamanca), en diferentes artículos y hace ya la friolera de un siglo.

    Eran mujeres amayorazgadas en devociones religiosas y virtudes domésticas. Mujeres que participaban en las reuniones de la vida social, discretamente y en salón aparte, por eso de que los intelectuales pudieran dar rienda suelta a su retórica apasionada y su talento. Miguel de Unamuno, Tomás Bretón, Ayala, Ruiz de Alarcón, Luis Maldonado... Todos ellos de esos grandes ‘tenores’ que echa en falta Alberto Estella (me remito a su columna en este diario, del pasado sábado) en los púlpitos políticos de hoy. Todos ellos muy por encima de la indigencia parlante y pensante de la que viene haciendo gala la política actual, en ese abrevadero de grajos donde tienen cabida hombres y mujeres que justifican su escaño hablando de igualdad. ¡Qué poquitos se salvan!

    Lejos ya de aquel tiempo de féminas devotas y abnegadas, las mujeres de hoy exigen un protagonismo que se han ganado con trabajo, tesón y por derecho. Algo que defendió de forma magistral la salmantina y doctora en Biomedicina, Helena González Burón, en el estreno del Programa Mujeres Inspiradoras “Igualdad para cambiar”, y que LA GACETA organizó el pasado viernes en Fonseca, para sumarse a este ‘abrir de puertas’ del talento femenino. Si algo me gustó de la divulgadora científica fue su honestidad y su espontánea forma de comunicar, llena de respeto. Estoy en contra de todo feminismo radical que demoniza al género masculino y que pretende arrinconarlo. Ojo con ciertas actitudes reivindicativas, por defecto insultantes, por defecto deshonrosas, por defecto provocadoras. El esfuerzo, las capacidades personales y los derechos de igualdad y oportunidad son los que han de asistir y poner a cada cual en su sitio. Sin distinción de sexo, ideología, raza, religión, mano larga o peros que valgan. Todo lo demás es circo y sobra.

    Quiero participar de la natural convivencia entre lo femenino y lo masculino, sin supremacías. Quiero volver a escuchar a Helena González Burón para divertirme aprendiendo ciencia. Y quiero continuar leyendo, sin antipatía, viejas historias como las de doña Cándida o Artemisa (tía y prima de don Luis), aunque a estas les tocaran en suerte vivir los tiempos del “sí de las niñas”.

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