02 julio 2022
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El valor de los recuerdos

02 oct 2021 / 03:00 H.

    El volcán de La Palma nos ha puesto otra vez ante el espejo de nuestras grandes debilidades. La naturaleza se ha empeñado estos días, en que veamos lo insignificantes que seguimos siendo ante la inercia del universo. Hace 75.000 años un volcán estuvo a punto de extinguir al ser humano, hace 2.000 otro destruyó Pompeya y hace tres siglos una erupción trajo la hambruna a Europa. Da igual quiénes seamos y en qué época vivamos. Es la evolución, el devenir del tiempo, que ahora ha llegado en una era en la que la televisión, permite difundir de forma universal su poder hipnótico y destructor.

    La Palma era hasta hace días un lugar de refugio. Un sitio para huir del bullicio y descansar en unos rincones volcánicos, que resaltaban aún más su belleza. Ninguno de sus visitantes se planteaba el paisaje como amenaza y sí como atractivo. Hasta que la naturaleza ha decidido que sea justo todo lo contrario.

    El Cumbre Vieja no es un gran volcán. Pero es lo suficientemente vasto como para enseñarnos que la lava puede enterrar todo lo que tenemos y hacerlo a cámara lenta, para que sea más cruel y evidente nuestra incapacidad para cambiar el destino. El cráter de la Palma no ha matado a nadie, pero sí ha petrificado casas, ha eliminado puestos de trabajo, ha extinguido proyectos de futuro y ha enterrado el pasado de mucha gente.

    Y además de todo eso, nos ha puesto en una disyuntiva inhumana que ha hecho que nos identifiquemos aún más con quiénes lo han sufrido. ¿Qué salvaría usted si solo le dieran 15 minutos para llevarse algo de su casa? ¿A qué le daría un valor existencial y a qué le concedería el dudoso honor de ser prescindible? Yo en mi caso lo tengo claro. Lo primero que me llevaría serían las fotografías. Salvaría las imágenes que me remiten a tantos momentos de mi vida. No podría deshacerme de esos instantes de la juventud, la creación de una familia, de risas, de vacaciones, trabajo, ocio o amigos. Si las he hecho y luego las he guardado es porque pretendía inmortalizar el momento para liberarlo del paso del tiempo. Después no sé si me llevaría algún documento, algo de ropa o me quedaría bloqueado en mitad del salón intentando llevarme sus cuatro paredes en la cabeza.

    Solo tengo claro que intentaría rescatar todas las fotos y la mayor cantidad de recuerdos que pudiera reunir en esos 15 minutos de margen que da el magma, antes de destruir el esfuerzo de tantos años. Lo demás, los muebles, el colchón, los enseres o las lámparas son prescindibles, aunque ahora no lo parezcan. La memoria no, porque solo en base a ella podría plantearme un futuro sin ahogarme por la ausencia del pasado. Por eso le doy tanto valor. Al fin y cabo, todos algún día seremos solo eso, un recuerdo para los nuestros.

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